Por: Juan Carlos Botero

El David, una bomba de tiempo

La pregunta no es si algún día la famosa escultura de Miguel Ángel será destruida por un terremoto en Italia, sino cuándo.

Lo acaba de ilustrar el violento temblor que sacudió el pueblo de Amatrice, al noreste de Roma: el país y su inmensa riqueza cultural se hallan en un estado de aterradora fragilidad. Y más aún el David, por las microfisuras que afligen los tobillos de la gigantesca figura en mármol.

Al igual que las mayores obras de arte que existen en el mundo, es un milagro que el David siga en pie. Como se ha visto con el saqueo y la destrucción masiva de tantos tesoros por los fanáticos del Talibán y de Isis, es asombroso que estas piezas maestras subsistan a pesar de guerras, invasiones, hurtos y la torpeza de la gente, más inundaciones, terremotos, la erosión del tiempo, el deterioro a causa de los elementos, y el simple y temible azar.

Hace poco el New York Times publicó un artículo de Sam Anderson sobre el David de Miguel Ángel, y el texto giró en torno a las fisuras de sus tobillos. Como se sabe, el formidable bloque de mármol había sido traído 35 años antes desde las canteras de Carrara, luego tirado y abandonado en un patio al aire libre, detrás de la catedral de la ciudad, y el gran maestro toscano empezó a tallar la piedra en 1501. En 1504 la terminó, y en seguida la obra se instaló en la Piazza della Signoria. Durante 369 años la escultura sufrió el maltrato del clima, las miserias de las aves y hasta las revueltas de los hombres, pues en el motín de 1527 alguien arrojó una banca de madera desde una ventana del Palazzo Vecchio y le partió un brazo al David. Desde hace 134 años la obra está bajo techo, protegida en la rotonda de la Accademia, pero no está a salvo de la amenaza de los terremotos. Y basta un suspiro para que escultura más famosa del mundo se desplome y estalle en pedazos.

Resulta que Florencia se encuentra en un centro de actividad sísmica. En sólo el 2014, 250 temblores de diversa magnitud sacudieron las regiones aledañas de la ciudad. Y el terremoto de ahora, con una magnitud de 6,2 en la escala Richter, destruyó el pueblo de Armatrice y otras aldeas vecinas, dejando casi 300 muertos e incontables heridos atrapados bajo los escombros. En suma: el peligro es real e inminente.

La buena noticia es que por fin hay vientos favorables renovando los centros culturales de Italia. Durante siglos el requisito para dirigir un museo en ese país era que la persona tenía que ser, ante todo, italiana. Eso acaba de cambiar. Hoy prima el mérito, y hay varios directores extranjeros al mando de sus instituciones más destacadas, incluyendo la Accademia, cuya directora es la alemana Cecelie Hollberg. Como su antecesor, Angelo Tartuferi, ella desea instalar una base antisísmica para proteger el David de los terremotos, como existen en varios museos de California. Por culpa de la burocracia italiana, eso todavía no se ha hecho.

Lo tienen que hacer ya. Proteger el David es un deber perentorio. Si llega a suceder una tragedia, la directora Hollberg, al igual que el primer ministro Matteo Renzi, serán recordados para siempre como los que permitieron, durante su mandato, que la magnífica pieza que había sobrevivido a tantos peligros durante siglos, se hiciera añicos. Y entonces no alcanzarán las lágrimas para lamentar esa desgracia.

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