Por: Juan Carlos Botero

El descaro republicano

La política nunca deja de sorprender. Y, por desgracia, esa sorpresa a menudo es negativa.

Las próximas elecciones de EE.UU. ofrecen el mejor y el más reciente ejemplo de esta triste realidad. Y gracias al Partido Republicano hemos sido testigos de la mayor osadía, desfachatez y simple falta de vergüenza que puedan existir.

Es diciente que hoy nadie pronuncia el nombre de George W. Bush. Para todos, él es un paria que no se debe mencionar en voz alta. Los demócratas invitaron con orgullo a su expresidente Bill Clinton para hablar en su convención, y éste pronunció uno de los mejores discursos de su carrera política; pero Bush, después de ocho años de gobierno, no sólo no habló en la Convención Republicana, sino que nadie lo quiso mencionar siquiera, salvo su hermano. Lo cual es patético.

La paradoja, sin embargo, es que todo el mundo lo debería de nombrar, y en términos duros y negativos. Porque fue durante su mandato, justamente, que se fraguó uno de los mayores desastres en toda la historia de ese país. Un desastre diplomático (Bush inició dos guerras sangrientas e innecesarias, y EE.UU. pasó de ser el país más admirado en el 2001 al más odiado un año después), un desastre económico (la peor recesión desde los años 30), un desastre social (la mayor brecha de inequidad: hoy el 1% de los más ricos son dueños del 40% de la riqueza nacional), un desastre laboral (una tasa de desempleo desbocada) y un desastre fiscal (se pasó del superávit de Clinton al mayor déficit de la historia).

No obstante, tan pronto un demócrata llega al poder, los republicanos se convierten en el partido del No y del Rechazo. Se oponen a toda solución del presidente y se declaran enemigos de cualquier iniciativa que pueda aliviar la crisis nacional. Su oposición es a muerte, y torpedean, una tras otra, cada idea de Obama. En suma: los republicanos son culpables del desastre; luego son culpables de que el desastre no se arregle por su implacable política de obstrucción, pero después tienen el descaro de protestar, gritando histéricos, porque el desastre no se ha arreglado. ¿Y su única y machacada propuesta ante semejante crisis? Aumentar el gasto militar y reducir los impuestos de los ricos. Pero, eso sí, después tienen la osadía de reclamar, indignados, la reducción de la deuda nacional.

Peor aún: cuando las cosas empiezan a mejorar, y por fin la tasa de desempleo cae a su nivel más bajo desde 2009, no lo aceptan y se dedican a rechazar, cuestionar y negar los resultados, que son, por cierto, los mismos que ellos han exigido durante los últimos cuatro años.

Para rematar, ni Romney ni los demás líderes de su partido jamás han denunciado las opiniones más extremas y violentas del infame Tea Party. Hace poco Nicholas Kristof, en el New York Times, señaló que la tercera parte de la base republicana cree que Obama nació en otro país, y, más triste todavía, que en Irak sí había armas de destrucción masiva en el 2003. La tercera parte de esa franja de la población. Claro: la ideología enceguece. Pero que impida aceptar los hechos más evidentes y comprobados y vueltos a probar, es alucinante.

Aun así, hay una prueba todavía más insólita de esta desvergüenza: después de todo esto los republicanos aspiran a que la gente vuelva a votar por ellos. Casi nada.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Juan Carlos Botero