Por: Julio César Londoño

El destino es chambón

La sociedad es un cúmulo de chambonadas, de cosas que funcionan al revés, como si en su diseño hubieran intervenido demasiados expertos, como si el Diablo o una legión de duendes traviesos estuviesen al mando.

Por ejemplo el matrimonio, ese sacramento salado. Los cónyuges se esfuerzan por “conservar viva la llama del amor”. Él le lleva flores. Ella va al gimnasio y hasta se traga esas pócimas amargas del fútbol y la política. Todo es vano. Por alguna maldita razón, la calle monopoliza el erotismo y solo deja para el hogar ese flácido subproducto, el cariño. La vecina en chanclas tiene un no se qué que nunca tendrá la cónyuge en tacón puntilla. Esto por un lado. Por el otro, se sabe que es imposible ser más jarto que un marido. No hay que culparlo: el amante siempre triunfa porque es más fácil ser divertido de vez en cuando que todos los días.

El amor conyugal es una orquídea que requiere muchos cuidados para que agonice de manera lenta y llevadera. La infidelidad es fuerte y lasciva como las heliconias y silvestre como esas florecillas que crecen en las grietas del asfalto. El amor envejece segundo a segundo. La traición siempre tiene quince años.

Por ejemplo las religiones, esas “teorías totales” que reemplazan las ecuaciones con poesía, los conceptos con fábulas y los diagramas con himnos. Son reveladas directamente por una divinidad, divulgadas por profetas carismáticos, regadas con sangre de mártires, estructuradas por teólogos agudos, celebradas en templos de siglos y cristal, de roca y fe… y todo para que ahora llegue una legión de impostores de la divinidad, culebreros que “hablan lenguas” en un garaje que fagocitará toda la manzana, pastores que lo curan todo, desde la calvicie y la pobreza hasta la escarlatina y los sabañones de una grey demasiado buena (“al pastor, mi señor, nada le faltará”). No hay derecho a que les hagan estas bromas a potencias tan irascibles como Alá y Yavé.

Por ejemplo la democracia, esa fórmula arisca que la sociedad buscó durante milenios en los bárbaros preceptos del talión, en las barracas del esclavismo, en la peligrosa protección de los caballeros, en la sangre de los monarcas, en la diligencia del burgués, en la omnisapiencia del mercado… siglos de sangre, sudor y lágrimas solo para entregarle el poder al político, ese lacayo pretencioso del banquero y el mercachifle, ese líder que nos ofrece, sin pudor alguno, más sangre, más sudor y más lágrimas. “Líder, sujeto que sigue a las mayorías”. Mayorías, semovientes ordeñados por el banquero. Banquero, viejito deslechado por una niña.

Por ejemplo la escuela, correa de transmisión de una herencia más rápida que la genética, la cultural; lugar donde ofrendamos lo más preciado, la infancia y la juventud, para saber de cosas y fenómenos, de mitos y sucesos, de piedras y estrellas… para aprenderlo todo en largos lustros de aplicación y olvidarlo en cuestión de días porque, por alguna maldita razón, la sabiduría se adquiere lentamente mientras que la ignorancia es instantánea como una sopa minestrone.

Así las cosas, es apenas natural que la sociedad, ese orden anclado en tres pilares tan inciertos (el matrimonio, la escuela y la democracia), viva de tumbo en tumbo. ¿Quién responde? ¿Los espíritus citados al principio? ¿Quizá la entropía aplicada a los fenómenos sociales? (La entropía es una ley de la termodinámica que sentencia que la naturaleza tiende de manera inexorable hacia un estado de máximo desorden). Yo creo que el fracaso del hombre obedece a que somos un animal anómalo, algo entre hormiga y ángel, demasiado individuo para ser colmena, muy altivo para arrastrarse, muy pesado para volar. Un ser, en suma, al que la tierra le queda estrecha y el cielo alto.

 

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