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Ramiro Bejarano Guzmán 24 Nov 2012 - 11:00 pm

Notas de Buhardilla

El día de la ira

Ramiro Bejarano Guzmán

Noo había imaginado que a nuestra generación le tocaría vivir la amargura de otra mutilación geográfica. Estas bofetadas de la justicia internacional no se las hacen ni a la aislada Cuba, las sufre Colombia porque nos irrespetan como país, porque a su turno tampoco nos respetamos internamente.

Por: Ramiro Bejarano Guzmán
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Nuestra dirigencia política una vez más ha demostrado que es inferior a los compromisos con la historia. El presidente Santos, tan astuto y hábil para cobrar buenos sucesos, demostró que su fuerte no son las dificultades. Su alocución fue confusa, insegura e inútil, porque no congregó la solidaridad de sus compatriotas, que después de oírlo quedamos más desconcertados con su contradictorio mensaje de “acato el fallo pero lo ataco”. En las calamidades se conoce la estatura de los verdaderos estadistas, como Churchill, De Gaulle, Alberto Lleras, Carlos Lleras, quienes lograron conducir a sus pueblos en períodos de incertidumbre. A Santos le quedó grande esta emergencia, por eso ya los mamagallistas lo llaman el presidente Mondongo, porque tiene “mucho cayo y poca agua”, y a Daniel Ortega, Man agua.

Mientras el chafarote de Ortega celebraba en una repleta Plaza de la Revolución, Santos se hizo acompañar de esa lánguida y decadente Comisión Asesora de Relaciones Exteriores, que a nadie representa, salvo a ellos mismos. No aparecieron sus ministros —dentro de los cuales hay tres exprecandidatos presidenciales—, ni los militares, ni los jefes de los partidos, ni los líderes sociales, ni los sumisos jerarcas de la Iglesia católica, nadie, y eso que este es el gobierno de la Unidad Nacional. El embajador en La Haya, el converso uribista Eduardo Pizarro, sobreviviente de varias volteadas, tampoco ha aparecido.

Todo esto pasó porque los gobiernos que se ocuparon de este penoso litigio, lo manejaron como si fuera un tema exclusivo de una camarilla de sabihondos y dueños del país, que hoy después del desastre andan calladitos. La arrogancia de estos intocables que se negaron a negociar con Nicaragua cuando ello era posible —como lo propuso Ernesto Samper en su gobierno—, les hizo suponer que el pleito era pan comido, pero otra cosa ocurrió en La Haya, y además por unanimidad.

Nunca sabremos qué tanto influyó en la Corte de La Haya la malhadada frase de la canciller Holguín, cuando hace unos meses anunció que podría venir un fallo salomónico. ¿Para qué dijo eso? Nadie lo sabe, pero si fue con el propósito de que cuando ocurriera la tragedia pudiera decir que lo había advertido, cometió un error que la acompañará hasta la tumba, como a Juan Uribe Holguín —vaya coincidencia—, el dilapidador canciller que regaló los Monjes a Venezuela. En lo personal lo siento por ella, porque tiene razón: ni siquiera renunciando enmendará su accidentada cancillería, menos ahora que viene a decirnos que está estudiando la fórmula jurídica para desconocer la jurisdicción de la Corte. ¿Por qué sólo hasta ahora?

Que no se crean Uribe y su tenebrosa banda que restablecerán su prestigio apelando al patrioterismo. No todos hemos olvidado que en 2007 su gobierno, habiendo podido hacerlo, no desconoció la jurisdicción de la Corte que desde entonces se proponía ultrajarnos. Ni tampoco que siendo presidente le prometió a Ortega cumplir el fallo que hoy pide desacatar.

Lo que sigue está por verse. Desconocer el fallo, como lo proponen algunos, es una solución brutal que intimida a quienes abrazamos el derecho como opción de vida. Hay que buscar salidas inteligentes y dignas, como la de plantear la inejecutabilidad de una decisión, que en opinión de los expertos, está sembrada de inconsistencias y yerros inexcusables.

Y, por favor, excanciller Londoño, no siga diciendo la irritante tontería de que hoy Colombia es más grande. Déjele eso a Maturana.

Adenda. Paz en la tumba de Ernesto McCausland, el gran periodista y extraordinario ser humano del que la vida me dio la fortuna de ser su amigo. Solidaridad con los suyos y El Heraldo.

  • Ramiro Bejarano Guzmán | Elespectador.com

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