Por: Alfredo Molano Bravo

El diablo haciendo hostias

Tuvo que haber sido grande y punzante la presión de los militares sobre el presidente Santos para que dictara el Decreto 502 de 2017, que acepta la inclusión del ministro de Defensa o su delegado en el Consejo Directivo del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH). El general Mora, en uso de retiro, opinó no hace mucho que los trabajos de la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas, publicados en noviembre de 2015, eran una investigación sesgada que les echaba la culpa del conflicto a los gobiernos. Lo mismo dijo el general Jaime Ruiz, presidente de Acore, porque hacen responsables de la violencia a las Fuerzas Militares y de Policía. ¡Basta Ya!, el trabajo estrella del CNMH, es para él un documento oficial que falsea la verdad. Gonzalo Sánchez, director del Centro, reconocido historiador que ha realizado serias y documentadas investigaciones sobre la historia de la violencia, es para el oficial retirado, un mentiroso y un calumniador. Por eso quieren los militares hacer parte del Centro, para desde allí ejercer contrapeso a la Comisión de la Verdad acordada en La Habana. Me parece muy bien que los militares cuenten su versión de los hechos con el barniz que consideren válido y con la metodología que les parezca adecuada. Es el mismo derecho que les debería asistir a los guerrilleros y a todos los que han participado en el conflicto. Ni los historiadores más izquierdistas ponen en duda las contribuciones a la historiografía que hicieron los generales Julio Londoño (Geopolítica de Colombia, Nación en Crisis, Los fundamentos de la Geopolítica) y Valencia Tovar (Colombia en la guerra de Corea, Historia de las Fuerzas Armadas de Colombia. Mis adversarios guerrilleros). Jacobo Arenas estimaba particularmente la obra de Valencia El ser guerrero del Libertador, y con el texto dictaba cursos en la Escuela Militar de las Farc. Pero que los militares pretendan torcer a su favor la historia del conflicto armado es otra cosa. Toda historia oficial es un exabrupto, pero más grave si esa versión es enderezada con bayoneta. Es lo que hacía Stalin con la fuerza de la Academia de Historia de la URSS, nombrada por él mismo.

Durante la Hegemonía Conservadora, Henao y Arrubla publicaron la Historia de Colombia, que gozaba del imprimátur de la Iglesia y del Directorio Nacional Conservador. Estuvo vigente muchos años y fue texto escolar hasta que aparecieron historiadores como Jaime Jaramillo Uribe, Mario Arrubla, Álvaro Tirado y Jorge Orlando Melo, entre otros. Hoy, la Comisión de Memoria ha realizado una labor extraordinaria si se tiene en cuenta que es, de todos modos, una publicación oficial. Su mérito principal es que no ha dejado contento a nadie, ni al mismo Gonzalo Sánchez, porque para sobrevivir en medio de la guerra el instituto debió hacer muchos sacrificios. De todas maneras, el trabajo de la Comisión se debe entender como un primer paso de recuperación de memoria sobre las guerras que hemos vivido. Según la Constitución, los militares no son deliberantes y una manera de serlo sería pronunciarse sobre la verdad o la mentira de la historia nacional. Que ellos hagan su versión, pero que no traten de meternos gato por liebre. Bastante daño le han hecho al país con sus retorcidas versiones sobre los hechos de orden público divulgados a granel por los batallones. La opinión pública ha sido desinformada y amaestrada con los boletines y las declaraciones oficiales y hoy esa estrategia bélica tiene al Gobierno en las que está: preso de un anticomunismo rabioso como arma de la Guerra Fría.

La verdadera contribución de los militares a la verdad histórica del conflicto sería abrir al público los archivos de la información secreta que guardan en el arca triclave del Estado Mayor. Si están dispuestos a mirar el país sin avergonzarse, que desclasifiquen ya todos los archivos que tienen que ver con el orden público durante los últimos 100 años.

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