Por: Piedad Bonnett

Ante el dolor de los demás

Ellos, los remotos, "los diferentes, los desiguales, los desconectados", para usar palabras de García Canclini, llegaron de sus lejanos pueblos, del campo profundo, y los periodistas que narraron en clave de gesta su arribo a la capital, a donde llegaron a manifestar a favor de la paz, hablaron de los ríos que tuvieron que cruzar, de carreteras intransitables, de indígenas extraviados, de gentes de Timbiquí, de Condoto, que durmieron hacinados en la casa de algún familiar.

Son las víctimas. Genéricas, sin rostro, abstractas para muchos, como la guerra. De pronto, por razones de azar —una fotografía para la prensa, una pregunta para la radio— alguna adquirió un nombre: Lucila, a quien le mataron su hijo, Joaquín, que ahora no tiene tierra ni animales ni casa; María Inés, violada por varios hombres. Y en seguida, aquellas voces indignadas, tristes para siempre, volvieron a hundirse en la generalidad de una denominación: las víctimas.

No puede ser de otro modo en un país donde son miles y miles los sufrientes de la guerra. Pero resulta que en esta fecha, 9 de abril, iban a tener una oportunidad de desagravio, y como homenaje a su resistencia y su dolor iban a poder hablar frente al Congreso. Cada vez que uno de los “elegidos” alzara su voz, emergería de ese todo llamado víctimas y se convertiría en un ser particular, con una historia y una denuncia destinadas a recordarles a los congresistas que el sufrimiento de la guerra es real. Porque sólo lo concreto nos conmueve, como dice Susan Sontang en Ante el dolor de los demás.

Pero resulta que los nombres de los participantes se traspapelaron y no los dejaron entrar al recinto; y que a los que lograron entrar no les dieron un lugar de honor sino que los sentaron en las barras. Y que una vez comenzó aquello a lo que vinieron desde sus lejanías vieron cómo los congresistas se fueron retirando del recinto o se distraían en otras cosas. Y que cuando llegó la hora de que la cantaora María Stella Guerrero narrara juglarescamente la masacre de El Placer, ya sólo quedaban unos pocos parlamentarios, no más de 20, los únicos comprometidos con las víctimas. Vergonzosa metáfora del desdén de los politiqueros, los mismos que describió García Márquez: los del blablabá histórico, la legislación abstracta y el apego al poder, enzarzados desde siempre en eternas disputas irrisorias mientras el país se desangra.

En las mismas horas en que en la capital de la República las víctimas se dolían de no ser oídas, en Valencia, Córdoba, una región de la que muchos congresistas ni siquiera habrán oído hablar, era asesinado Éver Antonio Cordero, presidente de la Mesa Municipal de Desplazados y reclamante de tierras de la organización Tierra y Vida. Por unas horas su fotografía apareció en los periódicos, por unas horas Éver Antonio tuvo para Colombia un rostro y un nombre. Esa noche, la del 9 de abril, me conmovió, más que la triste imagen del líder muerto, la de una compañera suya de lucha, que con los ojos húmedos y un cartel solidario en sus manos se lamentaba de esa muerte con voz temblorosa. Hoy está viva. Mañana, quién sabe.

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