Por: María Elvira Bonilla

El encanto de los escritores

Cada año se crea en Cartagena un espacio de reflexión alrededor de la creación, la literatura y el pensamiento en el llamado Hay Festival. Un experimento que nació en el pueblo galés de Hay-on-Wye, conocido por sus librerías, y que se realiza en ciudades con culturas tan distintas como Beirut, Belfast, Estambul, Budapest y otras tantas.

Los escritores y sus experiencias vitales, que logran volver universales, son el gran atractivo del Hay Festival. El nigeriano Ben Okri, sumergido en sus recuerdos de infancia; Francisco Goldman, con los sentimientos encontrados de ternura y rabia que describe en la pesadilla de la pérdida de su esposa en un accidente de tránsito; las memorias de ese enriquecedor viaje que ha sido la vida de la brasileña Nélida Piñón, o el relato, a sus ochenta años, del tránsito del mundo religioso a la guerrilla del Eln de la colombiana Leonor Esguerra son una invitación a mirarse a sí mismo.

Pero, ¿qué hace tan atractiva la reflexión de un escritor, qué lleva a congregar a un público que en su mayoría posiblemente no se ha leído sus libros? Son momentos de sinceridad únicos de unos seres humanos que han tenido la capacidad de pasar la prueba de entrar en contacto consigo mismos, de reconocer las heridas secretas y explorarlas con paciencia hasta logar que los dolores y las nostalgias, los sueños y la melancolía, toman forma en personajes y situaciones que les dan goce a los lectores a través de la palabra. Hablar de esa experiencia única que resulta de la creatividad y el trabajo atraen con admiración y asombro.

Pero, además, en el Hay Festival se construye un espacio de tolerancia y libertad con las ideas, donde la conversación y el diálogo mandan y los sectarismos y los fanatismos entran en reposo. El pensamiento fluye con posiciones polémicas, como las que se vieron en el panel “Ideas para un mundo en transición”, en el que participó con audacia un presidente en ejercicio, Juan Manuel Santos, junto a Carlos Fuentes, en un panel amplio de cinco participantes en el Teatro Heredia. Defendió la despenalización (¿legalización?) de la droga, como parte de una decisión que el mundo debe tomar globalmente. Carlos Fuentes, a sus 84 años, el sobreviviente mayor del boom latinoamericano, se encargó de estimular a Santos para que hiciera explícita una posición que ha defendido en escenarios internacionales. Y lo hizo.

Coincidieron en el fracaso de las políticas prohibicionistas, recordando los problemas humanos y sociales gravísimos que éstas han generado con el aumento de la violencia y de la corrupción. El embajador de Estados Unidos escuchó en primera fila y soportó con flema diplomática los señalamientos sobre la responsabilidad en el tema de países como el suyo, el mayor consumidor de coca del mundo. Atraviesa la droga la frontera, se transforma en dólares sin que caiga un solo responsable a pesar de la necesaria complicidad de autoridades con los traficantes, dijo Fuentes. Los muertos de Colombia y de México poco han servido para revisar la desastrosa guerra contra las drogas, que le ha impuesto el decadente imperio al mundo. El embajador se paró y se fue. Cosas que pasan, sólo en el Hay.

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