Por: Julio César Londoño

El espíritu del lenguaje

Todas las teorías sobre el origen del lenguaje pueden reducirse a dos, la naturalista y la convencional. Los naturalistas sostienen que el lenguaje es un descubrimiento, que cada cosa tiene un nombre que le conviene, y que las generaciones van descubriéndolos por tanteo o por iluminación.

Los convencionalistas encuentran esto muy forzado. Místico. Aceptan que hay palabras, como oquedad, que no precisan de diccionarios que las diluciden; que moon tiene una gravedad cósmica y es casi simétrica, como la luna, según la observación de Borges; que nightingale trina por sí sola mejor que cualquier ruiseñor; que la palabra saudade sabe herir más allá del gallego y el portugués, y que ínfimo es un vocablo que se acurruca en el último rincón del oído.

Con todo, piensan que son más numerosos los nombres arbitrarios, convencionales; que la palabra tomate no es especialmente roja o jugosa; que ya está muy desdibujada la relación entre “clásico” y flota naval, entre “cálculo” matemático y piedrita, entre “hipócrita” y personaje dramático. Añaden, traviesos, que si bien “corta” es una palabra corta, “larga” no es una palabra larga.

Lo que quieren decirnos es que las lenguas son organismos vivos. Que la semántica muta. Etimológicamente, nimio significa demasiado, pero, por pura intuición, sin ponerse de acuerdo ni saber de etimologías, la gente empezó a usarla en el sentido de mínimo, que es hoy su primera acepción.

A pesar de su anacronismo, la etimología aún puede arrojar luz sobre la semántica: como el “trivium” era el punto donde convergían tres o más caminos, hoy llamamos trivial a una conclusión obvia, el punto a donde todos llegan; cordial viene de “cordis”, corazón. Contemplar es mirar desde el templo. Un desastre (negación de los astros) es un colapso del cielo.

La polémica es vieja, y no será este artículo el que la zanje. Sin embargo, considero (de “considerar”, tener en cuenta a los astros) que ninguna lengua puede darse el lujo de tener muchos elementos arbitrarios. Lo confirmé anoche en el “Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana” de Rufino José Cuervo, donde encontré unas etimologías que parecen apoyar la hipótesis naturalista. El tomo III dice que los verbos estar, ser y yacer se referían originalmente a las posturas del cuerpo. Estar viene del latín “stare”, que significa “estar de pie”, estado por fuerza pasajero, inminencia de movimiento, y que por esto el verbo estar se aplica a situaciones transitorias: El mar está encrespado.

El verbo ser viene de “sedere”, estar sentado, una posición cómoda que invita a la permanencia; razón por la cual se lo usa para verbalizar situaciones más duraderas: Clodia es una matrona impúdica.

Yacer, que viene de “iacere”, horizontalidad, lo reservamos para situaciones definitivas: Aquí yacen los despojos de tu padre.

La lógica simplicidad del razonamiento de Cuervo, y el hecho admirable de que siempre hayamos usado estos verbos en su sentido etimológico, a pesar de nuestra ignorancia del latín y de la etimología, guiados solo por una suerte de intuición semántica, sugieren que el lenguaje no es convencional; que está, por el contrario, medido en ritmos respiratorios, resonando en las cosas, urdido con lógica, alado por la música y regido por la economía y la simplicidad.

Quizá esto explica por qué un niño puede manejar su lengua con destreza antes de los cinco años. Y por qué tantos objetos, oficios y sentimientos tienen nombres iguales en lenguas muy diversas. Y por qué hay poemas que saltan fronteras, credos y traducciones, y se mantienen a través de los tiempos.

 

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