Por: Julio César Londoño

El fin de las materias

Leí esta semana tres noticias que guardan una estrecha relación. La primera es revolucionaria y viene de Finlandia: sus colegios van a eliminar las asignaturas tradicionales. Los estudiantes ya no verán matemáticas, sociales, biología ni inglés. Han decidido cambiar el viejo modelo de clasificación del conocimiento, hijo del Medioevo, heredero del trivium y el cuadrivium, por una pedagogía que no estudiará “materias” sino fenómenos y sucesos en un formato multidisciplinario. “La Segunda Guerra, por ejemplo, deja de ser un capítulo de «Historia universal» para ser estudiada desde ángulos históricos, económicos y matemáticos. La materia «Trabajo de cafetería» servirá para entablar conversaciones en lenguas extranjeras, desarrollar habilidades comunicativas, planear negocios y hacer reflexiones sobre economía”.

También cambia el papel del maestro, que deja de ser “gurú” y se convierte en coordinador de grupos de trabajo pequeños que construyen conocimiento de manera colectiva. Los finlandeses están descubriendo que el conocimiento no es un sistema de compartimientos estancos, y que los alumnos tienen mucho que enseñarles a los profesores sobre literatura, cine, música, jerga, costumbres, vicios, sexo, tecnología, publicidad, diseño, redes sociales, vida urbana, etc.

Por ahora, el método se aplicará en los dos últimos grados del bachillerato. Si las evaluaciones arrojan buenos resultados en 2019, en 2020 se extenderá a todos los grados de la educación básica.

En su columna del jueves en El Espectador, José Fernando Isaza cita a Tim Lott, un filósofo estadounidense que propone ampliar la educación virtual y que los profesores presenciales resuelvan las inquietudes que susciten las clases virtuales. Luego, Isaza nos regala una noticia reconfortante. “En Colombia, las pruebas Saber 11 y Pisa muestran que los mejores resultados los obtienen los estudiantes de colegios públicos cuyos profesores están más cerca cultural y geográficamente de sus alumnos, y que no hay alta correlación con los posgrados de los docentes, cuyo fin principal es ascender en el escalafón. Se recuerda a los maestros apasionados con lo que enseñan, no necesariamente a los de mayores puntajes burocráticos”.

Y esto encaja muy bien con una noticia del viernes: el mejor colegio público de Colombia está en Barranquilla y pertenece a la Fundación Pies Descalzos, la ONG creada por Shakira en 1997. La filosofía de la Fundación define sus colegios como “centros de desarrollo y conocimiento que se construyen mediante la interacción con el otro, cuando se generan debates sobre problemas reales que necesitan soluciones reales. La escuela debe formar buenos seres humanos, ciudadanos que sepan resolver problemas de la cotidianidad, construir en comunidad, enseñar habilidades sociales y estimular la solidaridad”.

¿No les parece que hay un sincronismo providencial entre la filosofía de este colegio del tercer mundo, los objetivos del “trabajo de cafetería” de los finlandeses y las corrientes pedagógicas modernas, que consideran el conocimiento como un producto de creación colectiva?

Resulta esperanzador comprobar que se puede lograr buenos resultados escolares con niños y jóvenes muy pobres, muchachos que han sufrido desarraigo, abandono, maltrato e incluso desnutrición. Lo ideal, por supuesto, es que una sociedad no tolere estos horrores; pero, mientras logramos construir un país libre de infamias tan aberrantes, reconforta saber que una pedagogía innovadora y sensible puede salvar incluso las barreras que postula el determinismo biosocial, ese que sentencia, con sana y maldita lógica, que los mejores resultados escolares se dan siempre, y únicamente, en los estratos altos.

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