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Mauricio Botero Caicedo 22 Jun 2013 - 10:00 pm

¿El fin de la pobreza?

Mauricio Botero Caicedo

En el campo socioeconómico posiblemente la mayor revolución, aún más importante que la Revolución industrial, es la transformación silenciosa que se ha dado en las últimas dos décadas en que una cifra cercana a los mil millones de personas en el mundo han salido de la pobreza; y centenares de millones más han entrado a formar parte de una clase media dinámica y pujante.

Por: Mauricio Botero Caicedo
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    http://tinyurl.com/mpt52f6
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Esta revolución fue el artículo de portada de la revista Economist del 7 de junio pasado.

Las cifras que reseña la revista son contundentes: en 1990 el porcentaje de la población que vivía debajo del nivel de pobreza (en su día definido como ingresos menores a un dólar diario) era del 43 por ciento, 1.900 millones de personas. Para el 2010, este porcentaje se había reducido al 21 por ciento, menos de la mitad. Pero lo que es todavía más impactante es que de mantener las mismas políticas económicas, para el 2030 otros mil millones de personas van a salir de la pobreza, eliminando totalmente este flagelo. Para el Economist, la dramática disminución de la pobreza se debe a dos factores: el primero es el crecimiento económico que explica las dos terceras partes, y el segundo es la reducción en la desigualdad en los ingresos, que explica la restante tercera parte. Es ideal que el crecimiento vaya acompañado de una menor desigualdad, pero hay fenómenos como el de China cuyo crecimiento —no obstante ir acompañado de mayor desigualdad— continúa sustrayendo cada año decenas de millones de chinos de la pobreza. Haciendo abstracción del caso excepcional de China, las políticas de crecimiento se deben encaminar a incentivar los flujos de inversión, tanto domésticos como extranjeros, y a lograr un mayor nivel de igualdad. Para que haya crecientes niveles de inversión, necesariamente tiene que haber “seguridad jurídica”, es decir, estabilidad en las reglas de juego. Todo país que no les brinde a los inversionistas, domésticos o extranjeros, “seguridad jurídica” termina  espantando la inversión, estrangulando de manera simultánea las posibilidades de crecimiento, y alejando todo potencial de reducir y eliminar la pobreza.En relación a la desigualdad, los países que han demostrado logros significativos lo han hecho con base en un sistema tributario eficiente y equitativo en el que la corrupción y los privilegios de los funcionarios públicos no terminan devorando buena parte de los recursos fiscales. Paralelamente, estos países se han dado cuenta de que el “pasaporte” a la movilidad social y mayor equidad es la educación de calidad, aquella que permita acortar, como lo señala Rudolf  Hommes, “El abismo entre los ingresos de la gente educada y la que no lo es”. Sin educación, no hay ninguna posibilidad de mayor equidad, y sin mayor equidad va a ser bastante más difícil reducir la pobreza. Pero lo que sorprende al autor de esta columna es que existe un número importante de personas que miran con recelo el fin de la pobreza. Una buena parte de ellos no se puede deshacer de su sesgo ideológico, y a ellos les cae como anillo al dedo la sentencia de don Nicolás Gómez Dávila: “El capitalismo es abominable, porque logra la prosperidad repugnante vanamente prometida por el socialismo que lo odia”. Los segundos —alarmados con el fin de la pobreza— son ciertos políticos, tan demagogos como ambiciosos, que han utilizado al “pobre” como la base de su “electorado” (constituency), y, al patrocinarlo, como el peldaño para enriquecerse.

  • Mauricio Botero Caicedo | Elespectador.com

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