Por: Columnistas elespectador.com

El fin del capitalismo

En Davos, Suiza, los poderosos de la tierra se reunieron alrededor de un capitalismo moribundo. Finalmente, incluso los superricos tienen conciencia de que el sistema capitalista está fallando.

Si la década de los ochenta, con la implosión de la Unión Soviética, marcó el fin de la historia, la segunda década del tercer milenio podría significar el fin del neoliberalismo.

El fundador del Foro Económico Mundial, Klaus Schwab, en su discurso declaró: “El capitalismo, en su forma actual, ya no encaja en el mundo de ahora”. Por supuesto, las masas de “los condenados de la Tierra” ya sabían eso viviendo en carne propia las consecuencias de que, como lo indica una investigación del Instituto del Crédito Suizo, el 8% de los más ricos poseen casi el 80% de la riqueza mundial.

En búsqueda de una alternativa, muchos en Davos miraron hacia América Latina. Quizás el indicador más interesante es el coeficiente Gini de Brasil y Argentina, o sea la medida estadística de distribución de la riqueza, donde 0 corresponde a equidad total y 100 a la desigualdad total. Durante la administración de Lula, Brasil redujo el coeficiente Gini de 57,6 a 54. Argentina es un caso aún más impresionante: desde que los Kirchner están en el poder, el Gini se ha reducido de 52,5 a 45,8.

Lastimosamente, Colombia no es un ejemplo a seguir. El país sigue siendo el más desigual del continente. Desde que se promulgó la Constitución del 91, en lugar de bajar el Gini de Colombia subió de 54 a 58,5.

Claramente, la alternativa a un capitalismo moribundo no es ni el comunismo ni el socialismo. El economista argentino Bernardo Kliksberg, un amigo intelectual de Amartya Sen, promueve una economía con rostro humano como antídoto para un neoliberalismo radical y denigrante.

La alternativa, destaca Kliksberg, es una economía con ética, donde vayan de la mano la redistribución de la riqueza y el crecimiento económico. Las políticas sociales no sólo son la respuesta a demandas legítimas, sino también el motor de un desarrollo sostenible que reduce las desigualdades y garantiza estabilidad.

Pero, como lo demuestran los ejemplos exitosos de Brasil y Argentina, las políticas sociales tienen que ser seriamente diseñadas e implementadas, y esto significa reconocer el papel imprescindible del Estado. La lucha contra la desigualdad es primero que todo un asunto de voluntad política.

Dado el tono sombrío de Davos, fue una decisión acertada la del presidente Santos, quien prometió prosperidad a Colombia, de no unirse este año a la cumbre. Él no necesita volar a Europa para encontrar alternativas, ya que Brasil y Argentina están a la vuelta de la esquina. Pero para cumplir con su compromiso tendrá que ser más que un sabio reformista. La urgencia de la cuestión de la desigualdad en Colombia requiere un enfoque ético radical. Requiere una política y una economía en favor del ser humano y no en su contra.

Aldo Civico

@acivico

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