Por: César Ferrari

El fin del sueño estadounidense

¿Cómo así, el país de las libertades, construido por inmigrantes, que se supone el más democrático, campeón de los mercados libres y del libre comercio, se dibuja ahora todo lo contrario gracias a su próximo presidente?

El nuevo inquilino de la Casa Blanca hizo campaña insultando a latinos, asiáticos, musulmanes, árabes, los dos primeros con las mayores inmigraciones durante las últimas décadas, acusándolos de todo tipo de crímenes y falsedades. Y muchos le creyeron y votaron por él. Pareciera que la inmigración fue buena cuando ellos eran los inmigrantes y no cuando los inmigrantes son otros.  

Por cierto, desde hace muchos años Estados Unidos no es tan democrático. El próximo presidente fue elegido gracias a un sistema político absurdo: perdió el voto popular pero ganó con el voto electoral; Hillary Clinton lo superó en casi tres millones de votos. Lo mismo pasó en la primera elección de George Bush hijo; Al Gore ganó la votación popular por 500 mil votos. Además, este sistema, que establece dos senadores por Estado, hace que un senador por California represente a 20 millones de ciudadanos mientras que un senador por Wyoming a 300 mil; un grave problema de representatividad e igualdad ante la Ley.

El candidato elegido desarrolló su campaña a partir de deshonestidades y mentiras como cuando afirmó que la mayoría de los asesinatos de blancos era cometida por negros. En realidad, en 2014, 82 por ciento de esos asesinatos fueron cometidos por blancos. Y aun así acabó siendo elegido. En el mundo del Internet y las redes sociales, es muy fácil manipular y difundir mentiras para desprestigiar al oponente; es más difícil hacer prevalecer la verdad.

El elegido, durante toda su campaña, prometió combatir el libre comercio, elevar el arancel a las importaciones de China a 45 y de México a 35 por ciento, revisar los tratados de libre comercio, e imponer aranceles a las empresas estadounidenses que operen desde el extranjero y vendan en Estados Unidos. Mejor dicho, atentaría contra el libre comercio y, en el mejor estilo populista, interferiría en el desarrollo de empresas y mercados.

¿Será que el congreso republicano que, supuestamente, defiende la libertad y apertura de los mercados apoyará al nuevo presidente en ese menester? ¿Será que Walmart, el mayor minorista mundial de casi todo, casi todo de origen chino, lo aceptará tranquilamente y trasladará su impacto a sus compradores, que reducirán sus compras y, con ello, las utilidades del gigante? Difícil.

Por cierto, los mexicanos podrían bloquear las importaciones agrícolas de Estados Unidos. Y los chinos podrían imponer aranceles compensatorios a las importaciones y bloquear las inversiones estadounidenses. ¿Será que los agricultores estadounidenses abandonarían fácilmente el mercado mexicano, y Boeing, Microsoft, Apple, Ford y otros gigantes aceptarían abandonar el mercado chino, el más grande del mundo? Difícil.

Además, los chinos podrían inundar los mercados mundiales de capitales con sus bonos estadounidenses, casi la mitad de sus 3.1 millones de millones de dólares de reservas internacionales, con lo que su precio se derrumbaría y la tasa de interés se elevaría a las nubes. ¿Aceptarían las empresas estadounidenses, acostumbradas a créditos abundantes y baratos, pagar intereses elevadísimos? Difícil, lo más probable es que quebrarían.

Rusia y su presidente Putin, según la CIA y el FBI, realizaron los ciberataques para inclinar la elección estadounidense en favor de quién parece más “manejable.” El elegido dice confiar en Putin y coincide con él en “volver a hacer grande” a su país, lo que implica debilitar a Europa y China, y favorecer a las petroleras. Por eso el elegido nominó como Secretario de Estado al presidente de ExxonMobil amigo de Putin. Y para coronar la “grandeza”, Putin promueve el desmantelamiento de la Unión Europea y el elegido quiere debilitar a China. Pero aislando a Estados Unidos logrará lo contrario, y Rusia difícilmente se enemistaría con su poderoso vecino de 4200 kilómetros de frontera.

Es decir, muchas promesas del elegido son incumplibles. Pero, tal vez, lo que en últimas salvaría a Estados Unidos de todas esas locuras es la libertad de sus ciudadanos para criticar, denunciar, manifestarse y reconstruir su democracia, aunque el sueño ya no sea el mismo. Y lo harán porqué esas propuestas vulneran sus intereses. Y así presionarán a sus congresistas para salvaguardarlos.  

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