El gobierno no aprende

(Cero y van tres) Se apruebe o no la reforma tributaria, los errores de procedimientos y comunicaciones del gobierno se repiten. Algo parecido a lo que estamos viendo ocurrió antes con las reformas Educativa y de Justicia.

Ojalá tengamos una reforma tributaria que sirva para hacer más sólidas las finanzas públicas. Más transparentes. Para que el Estado pueda cumplir bien sus funciones como promotor de la economía y el bienestar y reductor de los desequilibrios. En una época en que existe, en todo el mundo, un fuerte cuestionamiento al papel de los gobiernos y una ofensiva para su adelgazamiento por cuenta de quienes no quieren pagar impuestos, una característica de la globalización de le economía pero no de los instrumentos de gobierno, viene bien una reforma tributaria que propende por el fortalecimiento del Estado.

En contra de ella existen solo dos argumentos de fondo: que, como contraprestación, se implementen medidas efectivas contra la corrupción (“para qué más ingresos si se los roban”, dicen en la calle) y que sea de carácter progresivo. Que paguen más quienes ganan más, como un instrumento de equidad.

Las motivaciones del gobierno, al proponer la reforma, están claras. Las finanzas públicas no se encuentran en situación de emergencia y el recaudo ha superado las expectativas y los ingresos históricos, lo cual se relaciona con la relativamente buena situación de la economía. Pero en el juego político el solo anuncio de una reforma tributaria es una señal de alarma que no solo coloca a todos los actores económicos en situación de “defender lo suyo”, sino que muchos de ellos creen encontrar una oportunidad para mejorarlo.

Como consecuencia de ello, los expertos en lobby, al ejercer sus funciones, superan a veces los propósitos gubernamentales. En cambio “la clase media”, cuyo crecimiento es vital para el desarrollo del país, de las mismas empresas y el empleo, tiene escasa representación, salvo por las funciones que puedan ejercer los partidos, cuyos miembros están acostumbrados a la dinámica transaccional de la política en el congreso que los ha alejado de sectores importantes de la opinión pública. El Partido Liberal, por ejemplo, ha estado alerta a los incrementos en la tributación negándose a dar trámite a aumentos en las tasas a funcionarios con ingresos medios cuya reducción en la capacidad de gasto, que propicia el incremento de impuestos, es nociva para ellos pero también para la economía.

Sin embargo, a pesar de lo establecido en la Constitución, la veeduría ciudadana acerca de procesos como este es casi nula y el interés general queda en manos de los medios que se encargan de difundir los aspectos más sobresalientes e informar. Pero los medios y la ciudadanía no aprueban las Leyes, quedando en manos de sus representantes, los cuales mantienen en el congreso una dinámica propia, cuyos resultados, pupitrazo o no, pueden ser impredecibles, tal y como ocurrió con la fracasada reforma a la Justicia.

La idea original del gobierno, a estas alturas, se ha visto claramente modificada en aspectos importantes, lo cual es propio del juego político, Pero eso es diferente a la manera en que el gobierno estructura y aclimata sus proyectos o los presenta y comunica, no solo al congreso sino a la ciudadanía, a veces con resultados sorprendentemente negativos.

Es difícil establecer si la convocatoria de sesiones extraordinarias al congreso y una semana adicional sean suficientes para un debate de fondo que concluya con una verdadera reforma estructural de nuestro sistema de impuestos. En principio no parece, por lo que podría ser conveniente que la reforma se posponga, lo cual no quiere decir que no se necesite. Lo ocurrido con La reforma educativa fue un claro ejemplo de cómo fracasar con una buena idea, por cuenta de malos procedimientos. El asunto es que con “buenas intenciones” y mayorías en el congreso, con esta van tres reformas que se han quedado, o se pueden quedar, en su enunciado lo cual, en todo caso, puede ser mejor que improvisar en materia tan delicada.

@herejesyluis

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