Por: Paul Krugman

El gran planeta republicano

Previamente en la semana, la revista GQ publicó una entrevista con el senador Marco Rubio, a quien muchos consideran uno de los contendientes por la nominación republicana a la presidencia en 2016, en la cual le preguntaron a Rubio cuál era la edad de la Tierra. Después de declarar “No soy un científico, hombre”, el senador entró en una desesperada acción evasiva, terminando con la declaración: “es uno de los grandes misterios”.

Es una cuestión graciosa, y a los conservadores les gustaría que nos olvidáramos de ella tan pronto como sea posible. Oigan, dicen, él sólo les estaba dando gusto a probables electores en las elecciones primarias de los republicanos en 2016; alegato que, por alguna razón, se supone que debe reconfortarnos.

Sin embargo, no deberíamos permitir que eso pase con tanta facilidad. La lectura de la entrevista de Rubio es similar a manejar a través de un cañón profundamente erosionado: de golpe, claramente es posible ver lo que yace debajo del paisaje superficial. Cual estriados lechos rocosos que hablan de la profundidad del tiempo, su incapacidad para reconocer evidencia científica revela la mentalidad antirracional que ha tomado el control sobre su partido político.

Por cierto, esa pregunta no salió de la nada. Como presidente de la Cámara de Representantes de Florida, Rubio suministró poderosa ayuda a creacionistas que intentan diluir la educación de la ciencia. En una entrevista comparó la enseñanza de la evolución con tácticas de adoctrinamiento comunista; aunque tuvo la deferencia de agregar: “Yo no estoy equiparando a la gente de la evolución con Fidel Castro”. Vaya, gracias.

¿Cuál era la queja de Rubio con respecto a la enseñanza de la ciencia? Que ésta pudiera socavar la fe de los niños en lo que sus padres les dijeron que creyeran. Y justo ahí está la actitud del Partido Republicano moderno, no sólo hacia la biología, sino hacia todo: si la evidencia da la impresión de contradecir la fe, supriman la evidencia.

El ejemplo más obvio aparte de la evolución es el cambio climático causado por los humanos. A medida que la evidencia de un planeta que se calienta se vuelve cada vez más fuerte —y cada vez más atemorizante—, el GOP se ha enterrado cada vez más en la negación, en afirmaciones de que todo el tema es un engaño creado por una vasta conspiración de científicos. Además, esta negación ha ido acompañada de frenéticos esfuerzos por silenciar y castigar a cualquiera que informe sobre los inconvenientes hechos.

Sin embargo, el mismo fenómeno es visible en muchos otros campos. La demostración más reciente llegó en la cuestión de las encuestas electorales. Al llegar a la reciente elección, encuestas en el ámbito estatal apuntaban claramente a una victoria de Obama; sin embargo, más o menos todo el Partido Republicano se negó a reconocer esta realidad. En vez de hacerlo, expertos y políticos por igual negaron con ferocidad las cifras y lanzaron ataques personales en contra de cualquiera que señalara lo obvio; fue notable observar la satanización de Nate Silver del Times, en particular.

¿Qué explica este patrón de negación? Previamente en el año, el escritor científico Chris Mooney publicó “El cerebro republicano”, que no fue, como pudiera pensarse, una diatriba partidista. Más bien, fue un sondeo de la investigación, ahora extensa, que vincula las opiniones políticas con tipos de personalidad. Como demostró Mooney, el conservadurismo político en Estados Unidos guarda una gran correlación con inclinaciones autoritarias. Y los autoritarios son sumamente proclives a rechazar cualquier evidencia que contradiga sus creencias previas.

Los republicanos actuales se encapsulan en una realidad alternativa definida por el noticiario de Fox, Rush Limbaugh y la página editorial del The Wall Street Journal, y sólo en raras ocasiones —como en la noche de las elecciones— encuentran ante sí alguna pista de que lo que creen pudiera no ser cierto.

Y no, no es simétrico. Los liberales, siendo humanos, a menudo se entregan al pensamiento de las buenas intenciones, mas no de la misma manera sistemática que todo lo abarca.

Volviendo a la edad de la Tierra: ¿tiene importancia? No, dice Rubio, afirmando que es “una discusión entre teólogos” —¿qué hay de los geólogos?— que “nada tiene que ver con el producto interno bruto o el crecimiento económico de Estados Unidos”. Sin embargo, no podría estar más equivocado.

Estamos, después de todo, viviendo en una era en la cual la ciencia desempeña un papel crucial en la economía. ¿Cómo vamos a buscar efectivamente recursos naturales si las escuelas que intentan enseñar geología moderna deben dedicarles el mismo tiempo a alegatos en el sentido de que el mundo tiene apenas 6.000 años de antigüedad? ¿Cómo vamos a mantener la competitividad en biotecnología si las clases de biología evitan cualquier material que pudiera ofender a los creacionistas?

Y después está la cuestión del uso de la evidencia para moldear la política económica. Quizá usted haya leído sobre el reciente estudio del Servicio de Investigación del Congreso que no encontró sustento empírico de tipo alguno para el dogma de que la eliminación de impuestos para los ricos conduce a mayor crecimiento económico. ¿Cómo respondieron los republicanos? Suprimiendo el informe. Con respecto a la economía, así como a la ciencia sólida, los conservadores modernos no quieren oír nada que desafíe sus preconcepciones. Y tampoco quieren que nadie más lo oiga.

Así que, no desestime el incómodo momento de Rubio. Su incapacidad para lidiar con evidencia geológica fue sintomática de un problema mucho más extenso, mismo que, a final de cuentas, pudiera poner a Estados Unidos en una senda de inexorable decadencia.

 

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