Por: Alfredo Molano Bravo

El hambre y las ganas de comer

Habrá que encontrarle una definición al consumismo para diferenciarlo del consumo. Quizá sea el carácter suntuario de un modo de consumo que por ahí se transforma casi en una ideología. En un valor supremo, una corriente social inatajable. Nadie es ajeno a esa contagiosa fuerza. Lo característico del consumismo no es que se satisfagan necesidades –ni aun las artificiales–, sino que cada vez sobra más y más de lo que se produce: lo sobrante se vuelve basura y se bota, se desperdicia. Cuando la basura comienza a consumirnos, se ha llegado al consumismo. Se trabaja para botar a la caneca. Todo el mundo quiere tener, poseer, mostrar. Consumo no es comida, no es canasta familiar. Es una corriente de posesión de todo, el demonio suelto. Los más ricos, los que se supone que lo tienen todo, quieren más. Los que no tienen nada, igual.

El país ha ido llegando poco a poco a esta trágica condición. Las bonanzas del café y del petróleo prepararon el clima social, pero los grandes beneficios se quedaban en los bolsillos de los exportadores, se concentraban en las nóminas de sus altos empleados. Los cultivos ilícitos –marihuana, coca, amapola– cambiaron esa lógica y democratizaron sus propias bonanzas. El colono del Guaviare salió del monte a comprar ropa de marca, aun falsificada; el bachiller de Marinilla se fue a negociar al Putumayo con lo que saliera; el diplomado de Tuluá montó una discoteca en El Doncello. El empresario quebrado de Bello, el “niño bien” empobrecido de Cali, la mujer bonita de Ibagué, el banquero codicioso de Bogotá, todos buscaron ponerles la canal a los ríos de coca, o de marihuana, o meterse a lavar plata que viene a rodos y entra de contrabando a los ojos de todo el mundo y de toda autoridad. Y con ellos también el gamonal, el general, el sargento, el juez, el cura, el profesor, el profesional de la salud.

El consumismo y el narcotráfico crearon una cultura e impusieron la fortuna fácil, que a decir verdad no es tan fácil, pero es rápida y carece de normas. Es el espíritu puro del dinero: crecer, desbordarse, no respetar jerarquías ni valores, ni leyes. Una cultura –manera de ver el mundo– que “no come de ninguna”, come del muerto, no acepta límites ni reglas: ni en los negocios, ni en la acumulación, ni en el consumo. Una sociedad poseída por una pulsión de infinito. Es, además, por su misma naturaleza expansiva, invasora; arrincona al que se niega, anula al que se aparta, quiebra al que no se suma. Domina, se impone; es brutalmente autoritaria, cruel y dogmática. Arriba y abajo hacen sociedad.

Es el caldo de los falsos positivos; de la venta, la compra y la negociación de órdenes de captura; el reino del “cómo voy yo” en la construcción de obras públicas, en todo nombramiento, en todo empleo, en toda licencia. Cada trámite tiene precio.

¿Cómo puede, entonces, asombrarnos el caso de los magistrados pulquérrimos mercadeando sentencias? ¿O el de los héroes en los campos de batalla negociando cadáveres? ¿De los impolutos contratistas de obras públicas sacando tajada de cada bulto de cemento, de cada gramo de hierro? ¿De los integérrimos políticos que venden a pedazos y a pedacitos el Estado, su teta?

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