Por: Reinaldo Spitaletta

El hedor del uribismo

En ocho años de gobierno de Uribe se montó en el país un modelo singular, que combinó la cultura mafiosa con otras modalidades delictivas.

Se creó, además, una especie de mentalidad desde el poder, que cercenó las posibilidades de crítica al régimen, porque desde arriba, con la ayuda de muchos medios de comunicación, se estableció una macartización de los contradictores.

Por ejemplo, el uribismo, un desastre en la creación de empleos productivos, benefició, como es fama, a grandes empresarios, banqueros y otros magnates, que lograron enriquecerse durante el período, al tiempo que una enorme cantidad de gentes en Colombia se mantenía por debajo de la línea de pobreza. Ahora, decir que en el país hay veinte o no sé cuántos más millones de pobres, ofende a los paniaguados uribistas, que ven en quien así piensa un enemigo de la “democracia” o a un izquierdista.

Algo así expresó un ex ministro uribista, al referirse a un sacerdote jesuita que ha puesto en evidencia todas las lacras y arbitrariedades promovidas por el régimen anterior, que, por otra parte, no es muy distinto al actual, con abundantes visos y esencias continuistas. El caso es que todavía falta mucha tela por cortar en torno a las corrupciones, politiquerías y componendas delincuenciales del uribismo.

Apenas avanza la dilucidación de la “yidispolítica” y la “teodolindez”, ahora con el encarte que tiene el ex ministro Sabas Pretelt; claro que ahora surge un “lunar” canceroso con el nombramiento de Santos del campeón del Agro Ingreso Seguro como embajador en Italia, para tapar el boquete que dejó Pretelt de la Vega, comprometido en las asquerosos ardides y compraventas de la reelección uribista. Dicen por ahí que pobres los italianos que les mandan tanto “indeseable” a ocupar puestos dejados por otros “indeseables”.

Que este último tema tampoco fue extraño en los tiempos uribistas, cuyo régimen nombró embajadores y otros diplomáticos que estaban comprometidos en ilícitos, acusados algunos de asesinato (como Salvador Arana) o de parapolítica, como el ex director del DAS Jorge Noguera. Que como se sabe, en aquellos días todos eran, según Uribe, muy “buenos muchachos”, aunque la historia, siempre tan terca, ha demostrado lo contrario.

Digamos, pues, que en esos años de uribismo, que todavía no terminan, hubo tantas atrocidades de toda índole, que parece como si todo fuera producto de una ficción macondiana. Es que nada más con lo de la parapolítica habría para escribir tratados completos de cómo un país estuvo manejado por la delincuencia, y eso sin tocar expedientes de horror como los denominados “falsos positivos”.

El montaje de la política uribista incluyó los capítulos de las “chuzadas”, cuyas revelaciones y anticipos cada vez sorprenden y ponen en evidencia cómo funcionó el llamado “modelo mafioso” de gobierno; cómo fueron los seguimientos y montajes contra magistrados, periodistas, opositores políticos, y cómo se implementó esa estrategia criminal. Y esto sin contar, por ejemplo, los modos de cómo se violó la soberanía nacional con el tema de las bases militares estadounidenses.

Ahora resulta que si alguien, con razones y demostraciones, habla de las miserias que dejó el uribismo al pueblo colombiano, se trata entonces de un “marxista trasnochado” o, como siempre se dijo en los tiempos mesiánicos y de pensamiento único, que pertenece al clan de los terroristas o de los “antipatriotas”, cualquier cosa que esta palabreja signifique.

Mientras tanto, el ex presidente Uribe se dedica a dictar cátedra de democracia (¡democracia!) en una universidad estadounidense regentada por jesuitas. Como dijo el exiliado periodista Fernando Garavito no es que haya que censurarlo,  “por el contrario, me parece que está en la obligación de rendir cuentas sobre sus hechos, que muchos en mi país califican como "crímenes". Pero esa rendición de cuentas debe darla ante un tribunal de justicia”.

El uribismo sigue ahí, tan campante, como el dinosaurio del microcuento de Monterroso. Sin embargo, no tiene cómo disimular su pestilencia. 

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