Por: Cecilia Orozco Tascón

El hedor en torno a Ordóñez

La renuncia de la candidata de Santos a la terna para procurador general, es el único acto de decencia que se ha visto en torno a la farsa de la mal llamada “elección” de Alejandro Ordóñez.

Todo lo demás hiede. Y me disculpo por la expresión, pero no hay otra manera de calificar la coyunda de las altas cortes —empezando, por supuesto, por la Suprema que lo postuló—, con el Congreso y con el presidente de la República, quien, como en la reforma a la justicia, ha querido pasar agachado sin asumir el liderazgo que le corresponde ni la responsabilidad política por el desplome de la moral que ha terminado de sufrir la Nación en sus manos. El nombramiento inconstitucional y por demás ilegítimo de Ordóñez se cumple porque se cumple. O se cumplió ya (entrego esta columna a las 3 de la tarde del martes), porque, según lo sancionó el gran jurista Roy Barreras, presidente del Senado y uno de los jefes de campaña del empleador de su mujer, una terna de dos es válida hoy aunque no lo hubiera sido ayer para elegir fiscal general.

La permanencia de quien les garantiza impunidad a sus electores y persecución a sus opositores, se urdió hace meses. La tramaron los hombrecillos que han capturado al Estado y que hoy circulan en las tres ramas del poder. Ese personaje, el súmmum de las perversiones del ejercicio público, tejió con hilos de corrupción en oferta de puestos, apertura o cierre de procesos, ausencia de investigaciones, lisonjas, comidas y cocteles y hasta la intervención impúdica de su mujer, la capa de su reelección, como le consta al país. No es cierto que “la mitad de Colombia se guíe por él”, como afirman sus subalternos. Otra cosa es que solo unos pocos nos rebelemos contra sus abusos y que a la inmensa mayoría no le importe lo que sucede, vencida, y convencida de que aquí no hay nada que hacer sino tratar de sobrevivir individualmente.

Este procurador recogió lo que Uribe sembró con su matoneo de ocho años. Por eso tenemos a una Corte Suprema cómplice en lugar de jueza de delincuentes. A los senadores mendigos de la coalición de gobierno, dispuestos a brincarse la Constitución y la ley para ofrecerle otros cuatro años a su nuevo rey, bien por los mendrugos de pan que les bota, bien por el miedo a que los destituya e inhabilite cuando le venga en gana. Y a un presidente ladino que aun sabiendo que otro período de Ordóñez es cuchillo para su cabeza, no se atrevió a ejercer su función de jefe de Estado. Santos le dio la espalda a asunto de tan hondo calado, en público. En privado, enviaba mensajes a la Procuraduría. Así se explica su tardía decisión de incluir a María Mercedes López en una terna en la que, gustoso, hubiera puesto al procurador. Claro, sin el desgaste de opinión que ello implicaba.

La magistrada del Consejo de la Judicatura, inocente, aceptó cuando creyó que el presidente la iba a acompañar. Pero la evidencia la aplastó. Se le abona el valor de renunciar antes de la “votación”. Tal como lo dijo el otro gran jurista y hombre de inmaculada conducta Eduardo Enríquez Maya, investigado en varios estrados pero sin ninguna sanción, no habrá nada que impida la reelección de Ordóñez. Ni siquiera las recusaciones por deberle favores o por tener procesos en curso. Para eso está la tesis gloriosa de la Corte Suprema: los impedimentos no son válidos cuando unos votan por los otros y los otros por los unos.

Entre paréntesis.- Orlando Gallo, el tercer miembro de la terna que no ha sonado ni ha tronado, sacó la cara ayer para asegurar que no renunciaba porque sus “condiciones” eran distintas a las de López. Tiene razón: es asalariado de la universidad Sergio Arboleda, sede y fortín de la ultraderecha de Ordóñez. Gallo no es sino un pobre comodín.

Buscar columnista