Por: Francisco Gutiérrez Sanín

El heterodoxo y los bandidos

Murió el gran Eicc Hobsbawim, A los 95 años. Reportan las agencias internacionales que su deceso se produjo después de una “larga enfermedad”, lo que no resulta muy informativo. ¿Cuántas largas enfermedades no pueden sufrir los que lleguen a esas alturas?

Hobsbawm, aparte de un extraordinario investigador, fue a su manera un heterodoxo. Estuvo apegado durante toda su trayectoria intelectual a la saga marxista que definió al “siglo veinte corto” —según su propia periodización—, pero no se dedicó a reproducir, ni siquiera en forma velada, dogmas de capilla. También se resistió empecinadamente —y con éxito— a la especialización miope, que es a la vida universitaria contemporánea lo que el centralismo democrático es a los partidos leninistas. Saltaba de un tema a otro, de un siglo a otro, de un área a otra, con una facilidad que hubiera parecido irresponsable si no fuera porque siempre caía parado. Escribió con fortuna sobre nación y nacionalismo —sus trabajos son menos bellos y elocuentes pero más sólidos y sistemáticos que los de su vendedor compatriota Benedict Anderson—, sobre revoluciones, sobre historia de las ideas, sobre guerra, sobre la industria y el imperialismo, sobre la clase obrera, sobre el marxismo, sobre cultura política, sobre la “invención de las tradiciones”, sobre lo que recordaba y lo que no. En suma: sobre lo que le daba la gana. A menudo lo hizo de tal forma que obligó a los especialistas —que acaso miraban con desconfianza su insolente costumbre de traspasar fronteras sin “pasar por los conductos regulares”— a guiarse por sus ideas para no perderse en la naturaleza laberíntica que, inevitablemente, tienen los datos sociales.

Al contrario de muchos autores que se han hecho a un nombre gracias a su capacidad de decir cosas muy simples de manera muy enredada, Hobsbawm buscó identificar proposiciones relevantes, poderosas y sencillas, y expresarlas de la manera más cristalina posible. Un buen ejemplo de esto son sus tesis sobre los “bandidos”. Según Hobsbawm, en los períodos de transición entre dos épocas podían aparecer “bandidos sociales”, que expresaban genuinos resentimientos campesinos. Desarrolló y documentó meticulosamente esta intuición en trabajos de gran factura, que dispararon un rico debate en el que participaron estudiosos de todo el mundo. La objeción principal a la tesis de Hobsbawm fue que esos “bandidos sociales” también mataban, atormentaban y exprimían a los campesinos, algo sobre lo que igualmente había amplia evidencia. Si de alguna manera eran íconos de su rebeldía, también actuaban —siempre u ocasionalmente— como sus opresores. En Colombia, Gonzalo Sánchez y Donny Meertens encontraron que había aún otra categoría, la de los “bandidos políticos”, en un libro prologado por Hobsbawm, que constituye un clásico de nuestras ciencias sociales. El propio Hobsbawm produjo a la postre un recuento admirablemente equilibrado de todas estas discusiones y, si no recuerdo mal, se sentía bastante cómodo con la caracterización ambigua, dual, de sus bandidos sociales, que según él correspondía más a su intención original que la que enfatizaba unilateralmente la “rebeldía primitiva”.

Nada de esto se puede extrapolar mecánicamente ni a nuestro conflicto ni a nuestras conversaciones de paz, ni ha sido mi intención hablar en clave sobre éstas. Pero no me resisto a señalar un punto crucial en el que su análisis diverge del de la actual literatura sobre la maldición de los recursos. Para Hobsbawm, los actores ilegales capturaban rentas y hacían política (a veces). Pero la suma de una y otra actividad no necesariamente sumaba una constante; ser “más rentista” no implicaba ser “menos político”. Bien: creo que en este punto crucial el gran viejo tenía toda la razón. Que su etos de claridad y flexibilidad mental, mirada comparativa y curiosidad insaciable no se pierda.

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