Por: Oscar Guardiola-Rivera

El hombre que no pudo

Ante la mirada atónita del decano de Economía de la Universidad de Harvard, Greg Mankiw, en noviembre de 2011 setenta de sus estudiantes se pararon en medio de la lección de introducción a la economía y abandonaron el salón de clase.

Lo hicieron para expresar su descontento ante la parcialidad ideológica y el conservatismo de la academia, apuntando que ninguno de sus profesores había logrado predecir o reaccionaba ante la catástrofe financiera que comenzó en el 2008.

Antes bien, como lo había mostrado Charles Ferguson en su premiado documental Inside Job, muchos de ellos eran responsables de la debacle. Sin embargo, no sólo resistían a aceptar el error de la teoría y su desastroso efecto en la práctica, sino que además se mostraban ansiosos por reafirmar la fe propia y de los estudiantes en la infalibilidad del dogma.

Sin importar quien haya ganado las elecciones de los Estados Unidos, éstas pasarán a la historia no sólo como las más inanes y aburridas del siglo, sino también como el momento en que el secular aparato político demostró su incapacidad de resistir ser capturado por el Vaticano financiero.

La política se ha reducido al acto fideísta de prometer el postergado paraíso a cambio de un voto, como lo hizo Mitt Romney hace poco al decir “podemos comenzar un mejor mañana mañana”, en un giro idiomático que sonrojaría al mismísimo Bush Jr. Y para dar cumplimiento a la promesa, que más parece una transacción de supermercado, se endeudan.

El problema no es, como dicen los conservadores y los profesores de Harvard, falta de disciplina fiscal o moral austera. Se trata de una consecuencia de la financialización de la economía global que ha tenido lugar desde finales de los setenta.

En aquel entonces, cuando las fuentes usuales de ganancia en la industria extractiva y manufacturera empezaron a dar muestras de agotamiento, los patrones de acumulación comenzaron a moverse hacia rentas financieras como el crédito y la especulación.

Como lo hemos confirmado desde el 2008, ello ha producido tasas débiles de crecimiento, precariedad del trabajo, mayor desigualdad y un muy reducido margen de maniobra para la política.

Ese es el escenario de pesadilla al que se enfrentan Romney, quien promete el cambio, Obama, quien no pudo hacerlo, y los economistas de Harvard, que prefieren cerrar los ojos. En vez de apuntar a estas contradicciones e intervenir las relaciones de poder existentes hoy entre el capital y los trabajadores precarios, políticos y economistas se dedican a empapelar la cuestión mediante promesas falsas y más crédito.

Ello exacerba el problema, profundiza la dependencia financiera y la despolitización de la sociedad.

Habrá que hacer como los estudiantes de Harvard, abandonar el salón de clase e irse a la calle.

 

* Óscar Guardiola-Rivera

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