Por: Miguel Ángel Bastenier

El indigenato latinoamericano

EL SIGLO XXI SERÁ CON EXCELENTE probabilidad el del resurgir, y si no es así, el de violentos espasmos para lograrlo, del indigenato en América Latina.

La nota alternativa ya la ha dado Evo Morales en Bolivia, que, a favor de clamorosos y democráticos resultados electorales, está intentando una operación de incierto final y que, aun respetando el derecho que, sin duda, posee de rebuscar en el pasado para lograr no sólo una auténtica igualdad interracial en su país, sino con el peligro de que esa operación revierta en la superioridad de una etnia sobre las demás, es legítimo disentir democráticamente de esa pretensión, no sólo porque la civilización hispánica, más que suficientemente arraigada ya en el altiplano, tiene derecho a defenderse, sino porque está menos que claro que Bolivia pueda acceder al acervo universal de modernidad a través de maniobras retrohistóricas.

Pero si la operación es hoy actualidad en el país de quechuas, aymaras y guaraníes, además de criollos de origen europeo, fundamentalmente español, puede serlo mañana en otros ámbitos de América Latina. Aunque ningún caso es igual al del vecino, en la pura virtualidad de las cifras Guatemala tiene una proporción muy similar a la de Bolivia de indígenas o mestizos que son más indígenas que otra cosa, con alrededor de un 70% de la población. Y altos porcentajes de indígenas o asimilados viven en los vecinos Ecuador y Perú, con números asimismo considerables en Honduras, El Salvador y Nicaragua. Y aunque sean casos diferentes, México, con su altísima proporción de mestizos, y países como Costa Rica y Chile, Colombia y Venezuela acarrean también una importante aportación de sangre indígena. Sólo Panamá, República Dominicana y Cuba carecen casi completamente de esa componente, que en su caso, y como alternativa a la población criolla, sería la de origen negro-bantú, lo que con desavisada buena intención ha empezado a calificarse de afrodescendencia. El problema de la marginación, aun dentro del subdesarrollo nacional, sería en este caso muy similar al que se da con mayorías y minorías indígenas.

La actitud de la sociedad de dominación blanca hacia el problema ha sido de alineamiento legal con el mundo civilizado, de forma que no haya distinción teórica entre ciudadanos de uno u otro color, pero en realidad casi todos y cada uno se hallan donde un racismo histórico les ha colocado. Y como ahora ya no hay españoles imperiales a los que culpar, se ha desarrollado lo que en inglés se llama tokenism, evolución consistente en que algunos, pocos, elegidos de otras razas, medren suficientemente en la sociedad euro-criolla para tranquilizar conciencias. Desde una perspectiva quizá excesivamente cínica, alguien podría decir que el presidente norteamericano Barack Obama, es un token, una muestra puramente decorativa, tipo trompe l’oeil, de una situación que no ha cambiado tanto como remotamente se intenta hacer creer.

Ante el conflicto que podría avecinarse, las sociedades latinoamericanas de dominación criolla —todas— parece que deberían programar enérgicos programas de integración de poblaciones marginadas, es verdad que tanto de ciudadanos de otro color como del de uno mismo. Todos aquellos que abominen de la presidencia de Hugo Chávez en Venezuela, que tengan en cuenta qué altísimo porcentaje de negros, mestizos o no blancos votan al ex teniente coronel, un día golpista. Ni siquiera la violencia ciudadana que se ha disparado en Venezuela puede negar la devoción especial de esas clases nada favorecidas por el líder bolivariano. Un cálculo más frío puede llevarle votos a su rival en las presidenciales del próximo 7 de octubre, Henrique Capriles, pero difícilmente se le iluminará la cara a los que le voten, como ocurre con parte del electorado chavista ante su líder.

Si América Latina no completa la obra de la emancipación, que comenzó, pero básicamente con acentos criollos y para criollos, el libertador Simón Bolívar hace 200 años, con una reconstrucción de la sociedad sobre bases de igualitarismo real, la Pachamama tendrá mucho que decir en un futuro, quizá no tan lejano. Todo ello no significa, en modo alguno, que otros continentes, otras civilizaciones como la europea, puedan darle lecciones a nadie, puesto que se hallan con parecida necesidad de aggiornamento con las masas de inmigrantes que han recibido en las últimas décadas. La diferencia es, sin embargo, de número. Con el cierre virtual de la entrada de inmigrantes en casi toda Europa a causa de la crisis económica, nunca el problema tendrá las mismas dimensiones que en algunos países de América Latina.

Para los que creemos que la Revolución Francesa aún tiene cosas que decir al mundo, su triple lema que de tan conocido no hace falta repetir aquí sería el norte con el que evitar inmersiones de problemático resultado en busca de lo que fue, dejó de ser y hay quien pretende que vuelva a serlo algún día.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Miguel Ángel Bastenier