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Columnista invitado 10 Jul 2013 - 11:00 pm

El indiscreto encanto de Snowden

Columnista invitado

Las relaciones de cualquier gobierno con sus servicios de inteligencia es siempre difícil. Si por un lado son un poderoso instrumento a su disposición, por otra parte la posibilidad de perder el control sobre los mismos es un riesgo siempre a considerar.

Por: Columnista invitado
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Por eso, a las organizaciones de espionaje siempre las sigue la sombra de las organizaciones dedicadas al contraespionaje. De todos los problemas que pueden derivarse de esta relación gobiernos-espionaje los más dañinos son los que suponen revelar el funcionamiento y objetivos de los servicios de inteligencia. Esa exposición destruye las redes, las fuentes y técnicas del espionaje. Este es el meollo del caso Snowden para los Estados Unidos.

En este sentido, para Washington los casos de Edward Snowden, que filtró la información sobre el funcionamiento de la red Prism, y el soldado Bradley Manning, la fuente detrás del “cablegate” publicado por Wikileaks, suponen una amenaza: porque hacen públicas algunas de sus operaciones y porque pueden animar a otros operativos de inteligencia a hablar sobre sus acciones. Para evitarlo, el gobierno estadounidense está utilizando todos sus recursos para disuadir a futuros filtradores. Se está mandando un mensaje claro para todo el que lo quiera escuchar: el Gobierno será implacable con todos los que divulguen información sobre el aparato de seguridad nacional estadounidense y su funcionamiento.

Pero aquí viene la parte complicada. La preocupación que tiene Estados Unidos es común a todos los demás estados. Ningún gobierno quiere ver expuesto el funcionamiento de sus servicios de inteligencia y quiénes son los individuos, gobiernos, empresas u organizaciones que investigan. Por eso, hasta los gobiernos más críticos con EE.UU. mostraron gran prudencia al tratar este asunto. Asilar a un espía norteamericano puede ser un incentivo para que otros espías salgan denunciando las prácticas de sus respectivos gobiernos.

En este escenario complejo, lo que cambió la dinámica de prudencia —hasta Rafael Correa manifestó en un determinado momento que fue un error haberle dado un salvoconducto a Edward Snowden para abandonar Hong Kong— fue el incidente diplomático que supuso el intento de revisar el avión de Evo Morales en Austria. Una clara violación de las convenciones diplomáticas. Además de un acto agresivo dirigido contra una pequeña nación como Bolivia. Nadie duda de que si en ese avión hubiera viajado un gobernante chino, alemán, estadounidense o ruso los modos de gestionar las sospechas sobre el posible transporte a Snowden hubieran sido muy distintos.

El error diplomático de españoles, franceses, italianos y portugueses dejaba a Bolivia y sus aliados una única posibilidad: la de una respuesta contundente, pública y de alto efecto en los medios. Y esa respuesta no es otra que la concesión de asilo a Snowden. Concesión por otra parte irregular, porque Snowden sólo puede pedir asilo en el país en el que está. Mientras no llegue a Venezuela no puede pedir asilo allí, ni el gobierno venezolano puede concederlo.

  • Miguel M. Benito | Elespectador.com

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