Por: Ignacio Zuleta

El ladito bueno

Como ejercicio de higiene mental y de amor patrio me impuse la tarea de fijarme sólo en lo bueno que veo en los colombianos. Es un reto difícil y me curo en salud con la advertencia: “de todo lo que se predique de los colombianos, lo opuesto también es verdad”, para que no se diga que estoy reblandecido.

Aunque confieso que cuando veo a un compatriota realizando un acto bondadoso, de esos sorprendentes y gratuitos, se me aprieta el gaznate y lagrimeo. ¡Sensiblero!

Una vez recibí a dos huéspedes en casa: una francesa cuarentona nómada, con el aroma del mundo en las axilas, y un australiano mochilero y místico que venía despistado buscando ceremonias de peyote. Los saqué de paseo, como es obvio, y cuando ya volvíamos después de un Carnaval de Barranquilla la francesa me dio una buena clave: “Ustedes están vivos”, dijo con añoranza, y añadió: “No sabes lo marchita que está Europa”. El australiano, por su parte, al salir de una misa en las bóvedas de sal, y tras haberle sumado a la experiencia una decena de iglesias coloniales, exclamó: “¡Yo nunca he visto un pueblo con tanta devoción!”.

Ya logramos vislumbrar tres cualidades: somos en general anfitriones generosos, con los matices regionales propios: unas veces formales y otras desparpajados. En eso de estar vivos, por lo menos hacemos alboroto; el baile es el deporte nacional en las ciudades y no entendemos la vida sin bullicio. Quizás el australiano exageraba, pero la devoción del colombiano existe. Cada cual con su credo y a su modo busca certidumbres religiosas con emoción sincera que hace cerrar los ojos y recoge el espíritu, y eso es una virtud no despreciable.

También tenemos un ladito bueno cuando se trata de rebuscarse la vida y trabajar. Un colombiano medio no se empereza fácilmente y algo se inventa, ya sea en la NASA o en el taller del barrio. La educación de los hijos es una prioridad casi obsesiva y la cabeza de la familia no descansa hasta no ver a sus niños preparados.

Y a punta de sentido del humor gregario hemos logrado clasificar en las encuestas que afirman medir la dicha en este mundo. Un colombiano, especialmente de la especie bogotensus, pone cara de arisco si va solo. Pero si uno se fija, donde hay dos colombianos hay sonrisa cómplice; si hay tres hay parche y cuatro son gallada. La cercanía se mide por la capacidad de chanza. El “yo me chanceo con fulanito” es signo de confianza. La mamadera de gallo y las puyas ingeniosas son maneras usuales de propiciar comunicación y cercanía.

Y para completar, la sexta cualidad, opacada por la mala fama, los hombres colombianos son papás excelentes. Si no hay divorcio ni alcohol en el camino, un compatriota se desvive por sus hijos y la nueva generación de varones con familia es cada vez más acomedida y cuidadosa. Basta verlos cambiando unos pañales sin asco y con cariño para confiar en que como país estamos listos para empezar a limpiar las embarradas que hemos hecho.

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