Por: Héctor Abad Faciolince

El lenguaje del cuerpo

Nadie sabe, realmente, si el viejo verde de Trump quiere a su tercera esposa, Melania, ni si esta bonita exmodelo quiere a su marido, hoy presidente de la gran potencia. Y como casi nadie sabe lo que ocurre en los cuartos, ni oye lo que entre ellos se dicen, se trata de descifrar, para entenderlos, el lenguaje del cuerpo. Por lo pronto Trump y la primera dama no viven bajo el mismo techo, aunque con buena disculpa: la escuela del hijo de ambos, Barron. A falta de datos, las cámaras escrutan cada gesto de ambos las pocas veces que están juntos y esta semana, durante su primer viaje fuera de Estados Unidos, ha sido claro que los desaires corren por cuenta de ella, renuente varias veces a dejar que el marido la tome de la mano.

Como hay muchas cosas que no se dicen en público, o que ciertas circunstancias no permiten expresar con palabras, y como hoy en día casi todo queda grabado en imágenes que pueden examinarse una y otra vez en cámara lenta, nos estamos volviendo expertos en leer gestos, actitudes, posturas. Uno puede ver en breves secuencias el odio o el desprecio por el otro; la ira que si no se contuviera saldría por la garganta en bocanadas de insultos.

Leer el lenguaje del cuerpo es menos claro que leer un libro u oír un discurso; y sin embargo, por eso mismo, se dicen más mentiras con las palabras que con el cuerpo y los gestos. Si dejamos de entender con el oído, que es lo habitual, para intentar entender como los sordomudos, con los ojos, tratando de descifrar el lenguaje corporal, tal vez se pueda ver con más nitidez lo que las palabras ocultan o no dicen. Las manos, el rostro, el movimiento, cada gesto, cada mueca, cualquier detalle de la ropa o de los ojos, del pelo o de los dedos, parece gritar. En este viaje de Trump al medio oriente y a Europa, las imágenes han valido mucho más, como dice el adagio popular, que miles de palabras.

Que Trump sea un presidente grosero y arrogante lo reveló nítidamente el gesto completamente inútil que tuvo con el primer ministro de Montenegro, apartándolo con toda brusquedad con el fin de ponerse en la primera fila para una foto, un lugar que nadie le estaba disputando, pero que el maleducado señala con la brutalidad de un empujón de desprecio. Lo interesante es que el empujado, Dusko Markovic, el líder de un país con menos de un millón de habitantes, y con un PIB inferior al de casi cualquier ciudad de Estados Unidos, sea el representante simbólico de la resistencia a Rusia, y a Putin, y que su entrada en la OTAN significaría que, en caso de agresión rusa, los Estados Unidos estarían obligados a defenderlo.

Otras imágenes se han propagado viralmente esta semana: la sonrisa forzada del presidente de Estados Unidos al lado del rostro de un papa Francisco incómodo y mal encarado; la entrega de este último de su encíclica sobre el medio ambiente, un regalo mucho más significativo que un discurso para alguien que niega el calentamiento global; los nudillos que llegan a ponérsele blancos al gringo, de tanto apretar (con ira contenida, como en una advertencia de fuerza) la mano de Emmanuel Macron, el recién elegido presidente francés que se muestra independiente y desobediente frente al hombre más poderoso de la tierra.

Pero tal vez una de las imágenes mejores, y más significativas, de esta semana es la de la foto de las “primeras damas” de los líderes de los países de la OTAN. Entre ellas está un hombre apuesto, cómodo entre ellas y sonriente. Se trata de un belga, Gauthier Destenay, marido del primer ministro de Luxemburgo, Xavier Bettel. Había habido maridos de primeras ministras en estas fotos, pero esta es la primera vez que un consorte gay se toma la foto. Ahí el lenguaje corporal habla de cuerpo entero sobre el cambio de los tiempos, y de alguna manera la pareja feliz de Luxemburgo (que se ve alegremente tomada de la mano en otras fotos), contrasta mucho con la infeliz pareja que, si juzgamos por el cuerpo, gobierna en Estados Unidos.

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