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María Elvira Samper 12 Ene 2013 - 11:00 pm

El libreto de La Habana

María Elvira Samper

El presidente Chávez entendió muy tarde que no era inmortal como los dioses y cuando se rindió ante la evidencia de que la parca le respiraba en la nuca, decidió escribir el libreto de su ópera póstuma y lo hizo al alimón con los hermanos Castro.

Por: María Elvira Samper
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La situación del país vecino es tan inédita y peculiar, que los hilos del poder se mueven en y desde La Habana, gran beneficiada de la generosidad del mandatario venezolano con el petróleo de su país.

El primer acto, protagonizado por el propio Chávez, fue nombrar al canciller Maduro como vicepresidente y ungirlo como heredero para mantener unido al chavismo alrededor de una sola figura, evitar luchas intestinas y dejar clara su voluntad, en previsión de un desenlace fatal o de la incapacidad para ejercer el cargo. El segundo corrió por cuenta de Maduro, quien a sabiendas de que su jefe no podía asumir el cargo el 10 de enero ante la Asamblea Nacional, dijo con una miniconstitución en la mano —de bolsillo literal y literariamente hablando—, que la juramentación era un formalismo y que podía hacerse más tarde ante el Tribunal Supremo de Justicia. El tercer acto fue la reelección de Diosdado Cabello como presidente de la Asamblea Nacional, de mayoría chavista, que el martes pasado, tras un acalorado debate con la oposición, aprobó un permiso para que Chávez se tome el tiempo necesario para su recuperación. El cuarto le correspondió al TSJ —controlado por magistrados cercanos al oficialismo e inconstitucionalmente depurado de magistrados incómodos para el gobierno—, que dirimió el conflicto constitucional planteado por la divergente interpretación que gobierno y oposición hacían de cuatro artículos de la Carta, a favor de los intereses de la cúpula chavista. Una decisión que ratificó la que un día antes tomó la mayoría chavista en la Asamblea, que convirtió en letra muerta la consigna de Chávez: “Dentro de la Constitución todo, fuera de la Constitución nada”.

Fue una decisión política, no jurídica, plagada de contradicciones: negó la falta absoluta del presidente, pero también la temporal; declaró innecesaria una nueva toma de posesión de Chávez ante la Asamblea, pero reconoció que debe hacerlo ante el TSJ cuando el propio mandatario “dé constancia del cese de los motivos sobrevenidos” que justificaron su ausencia. Y remató el exabruto con el concepto de “continuidad administrativa” —que no aparece en artículo alguno de la Constitución— para avalar la permanencia de Maduro y el resto del gabinete en el gobierno, y consideró que no había méritos para pedir que una junta médica evaluara el estado de salud del presidente, que es, precisamente, la nuez de la crisis política.

El TSJ se ajustó al libreto y abrió un compás de espera para el eventual retorno de Chávez, pero como los pronósticos son fatales ese compás sólo sirve para dilatar el proceso de sucesión que, al menos en teoría, supone llamar a nuevas elecciones. Por ahora reina la incertidumbre, y Maduro y Cabello, que hoy aparecen como dos buenos hermanos pese a rivalidades conocidas, enfrentan el reto de mantener unido al chavismo, mientras Chávez —como el Cid—, sostenido por medios artificiales, libra su última batalla en La Habana.

¿Sobrevivirá el chavismo sin él? Chávez ha sido la Revolución Bolivariana hecha carne, el Estado hecho persona, el elán vital de su partido, el factótum, el mesías, el líder carismático que logró una fuerte conexión emocional, casi mística, con el pueblo. Y el amor al líder muere con él, el carisma no es endosable, sus discípulos no le dan la talla y, tarde o temprano, las pugnas internas saldrán a flote. El chavismo no se preparó para vivir sin Chávez. El quinto acto está en desarrollo y podría no seguir al pie de la letra el libreto de La Habana.

 

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