Por: Andrés Hoyos

'El Malpensante'

El Malpensante, la revista que yo fundé con un grupo de amigos hace casi 18 años y que luego dirigí durante 12, ha estado últimamente en las noticias. El nadaísta Eduardo Escobar nos dedicó su columna del 1º de septiembre en El Tiempo, dulce y castigadora, como suelen ser los cariños en Colombia. Y así.

La ola comenzó con un correo mío a los suscriptores hace un par de meses en el que les decía que queríamos depender de ellos a la hora de prosperar o quedarnos por el camino. Un amigo notó en el tono de mi mail una cierta exasperación, que otro más telúrico calificó con el muy colombiano término de “empute”. No niego ninguna de las dos condiciones. Me cuesta entender que una revista con un grupo amplio y a la vez selecto de lectores y con una penetración extraordinaria en las redes sociales sea tan difícil de sostener. Culpa suya, señor Hoyos, dicen algunos, a lo que respondo: sí y no. O sea, no es en últimas un tema de culpas, sino de la vigencia de las artes y de la cultura en el país. A ambas uno las siente pulsar entre los jóvenes y en una minoría de veteranos fogueados, pero calan mucho menos entre los poderosos, estén en el Estado o en la empresa privada. El Malpensante, sugieren por ahí, es un lujo, y sin duda lo es, sólo que como decía Voltaire pocas cosas hay más necesarias que lo superfluo.

Lo lamentable es que el problema no es apenas nuestro. Sucede que nos hemos ido quedando solos a medida que las demás publicaciones culturales han desaparecido una tras otra. Entre las que tienen cubrimiento nacional, queda tan sólo Arcadia, del grupo Semana, una ventana valiosa aunque de corte netamente informativo, es decir, que no incluye creación primaria per se: cuentos, ensayos, poesía, periodismo narrativo y el largo etcétera que sí se encuentra en nuestras páginas.

No entiendo por qué la gente se queja de lo difícil que es la convivencia en Colombia, si ni siquiera se atreve a contrariar el primitivismo espiritual, una de las condiciones de base para el conflicto. Se nos llena la boca con grandes palabras al tiempo que dejamos huérfanas a la cultura y a las artes y, en particular, a la literatura. Gabo murió hace unos meses en olor de multitud, pero el llanto de millones no alcanzó para recordarnos que él tuvo que irse del país y pasar dos tercios de su vida por fuera para poder ser el gran escritor que fue. A lo mejor hay otros grandes prospectos hoy en algún colegio de Zipaquirá. ¿También tendrán que emigrar por carencia de los microclimas necesarios para que un escritor llegue a la plenitud? No se sabe.

Soy el principal apoyo de la revista y, como tal, puedo decir que la subsistencia de El Malpensante está garantizada, aunque nadie sabe mejor que yo que es una subsistencia precaria, justamente sin lujos y sin el combustible indispensable para volar mucho más alto. Todo ello no mejorará si no encontramos un apoyo más decidido de quienes tienen cómo darlo.

En fin, por estos días ando menos pesimista. A raíz de mis mails, ha salido mucha gente con ganas de ayudar. Vienen a la mente Nicolás Morales y Yamid Amat, entre varios. Un buen número se ha suscrito o ha renovado suscripciones abandonadas en el pasado. Con otros he tenido un intercambio enriquecedor, no exento de la ocasional acidez o la ironía que son de rigor en los territorios malpensantes. Aprovecho la hospitalidad de El Espectador para agradecerles a todos.

¿Tiene algo que decir? Escríbame. Me interesa su opinión.

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