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hace 38 mins
Por: Armando Montenegro

El mercado de votos

Uno de los temas centrales de estas elecciones ha sido el de la compra de votos (un destacado candidato se declaró dispuesto a adquirirlos para salvar a su ciudad; la campaña de otro "fletó" a docenas de taxistas como intermediarios; muchos hicieron preocupantes denuncias).

Uno de los temas centrales de estas elecciones ha sido el de la compra de votos (un destacado candidato se declaró dispuesto a adquirirlos para salvar a su ciudad; la campaña de otro "fletó" a docenas de taxistas como intermediarios; muchos hicieron preocupantes denuncias). Y con los reñidos resultados que se anticipan, con las consiguientes demandas e impugnaciones, este tema seguirá en el centro del debate por varios meses. El problema es que lo mismo sucede en todas las elecciones, y nunca se hace nada.

Una explicación popular plantea que para acabar con la compra de votos es necesario, primero, eliminar la pobreza. Añade que mientras ésta perdure, la gente no tendrá más remedio que vender su voto para comer y sobrevivir.

Este argumento desconoce el hecho de que los que compran votos no son pobres. Son poderosas organizaciones electorales, con vastas influencias, que disponen de grandes capitales y que con frecuencia se asocian al crimen organizado. Así mismo, quienes los venden al por mayor -las transacciones de votos más frecuentes en nuestro medio-, que acuden a la falsificación de actas y otros documentos, al soborno de paquetes de jurados, a la interferencia de computadores y sistemas y otras vagamunderías, tampoco son pobres.

La compra de votos no termina el día de las elecciones. Las crónicas y denuncias muestran que después de las votaciones, surge, inmediatamente, un dinámico mercado de votos. En el lado de la demanda se sitúan quienes necesitan cientos o miles de votos para alcanzar a ser elegidos. Y la oferta la proveen quienes hacen las maniobras y trampas necesarias para atender la demanda. Son negocios de ricos.

Al insistir en el cuento de la pobreza y al menospreciar, de hecho, la importancia de los delitos relacionados con la compra de votos, algunos analistas parecen aceptar, en forma fatalista, que en Colombia no hay ni habrá justicia. Mientras haya impunidad no podrán combatirse efectivamente la compra de votos y otros delitos electorales. Las organizaciones políticas corruptas realizan sus actividades al amparo de la complicidad de roscas de funcionarios venales y de la certidumbre de que, hagan lo que hagan, no les pasará nada.

En el caso de quienes venden sus votos al detal, el argumento de la pobreza tampoco es convincente. Ya que la gran mayoría de la gente pobre no vende sus votos, la causa hay que buscarla en otro lado. Una clave la ha dado Antanas Mockus. Su campaña educativa parte del principio de que las personas pueden y quieren decidir con dignidad, información y transparencia, y que, en forma independiente del nivel de sus ingresos, entienden que no deben transar con sus derechos y obligaciones como ciudadanos. Plantea que en esta materia hay problemas de información, reflexión y cultura que pueden y deben ser superados.

Una variante en este debate apunta a la supuesta venta al detal de votos pagados por medio de favores del Estado, en forma de subsidios, transferencias, créditos y otros auxilios (cuya contraparte sería una compra masiva por parte de los funcionarios nacionales o locales). Estos casos, en general, no son claros. Ya que el Estado debe cumplir con sus obligaciones sociales, incluso en época de elecciones, lo que debe determinarse, caso por caso, es la posible existencia de un aprovechamiento electoral por medio de la entrega de cheques, refrigerios y subsidios. Y es necesario precisar, si es que existen, el tipo de condicionamientos y exigencias electorales que se les imponen a los ciudadanos a cambio de estos favores. Otra vez, éste es un tema para la justicia y los organismos de control.

La conclusión es simple: más que en la pobreza, las raíces del mercado de votos deben buscarse en la cultura, la educación y, sobre todo, la justicia.

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