Por: Rodolfo Arango

El milagro de la paz

En el momento que se escriben estas líneas el Gobierno y la guerrilla negocian en Cuba para finalizar el conflicto en Colombia.

Después de una confrontación bélica tan prolongada se necesitaría un milagro para superar el rencor y dolor acumulados, para mirarse a los ojos y reconocerse como seres humanos dispuestos a dejar de lado las diferencias de fondo y acordar reglas del juego democrático que se respeten de ahora en adelante.

Ludwig Wittgenstein, en un bello y corto escrito llamado Conferencia sobre ética, denomina el milagro como “un acontecimiento de tal naturaleza que nunca hemos visto nada parecido a él”. En nuestro contexto, resulta ciertamente algo asombroso, casi sobrenatural, esperar que quienes se han dado plomo tanto tiempo, en un corto plazo acepten convivir bajo el derecho. Este paso de la guerra a la paz ha concentrado la atención de incontables teóricos a lo largo de la historia humana. Ahora les corresponde a los negociadores estructurar las condiciones para darlo en beneficio de todos los colombianos.

Si llegara a concretarse el acuerdo para terminar el conflicto armado y la paz lograra florecer con el tiempo a lo ancho y largo del territorio, el pacto de La Habana dejaría de parecernos milagroso. Este sería no el efecto de la providencia divina sino el resultado de la sensatez. Porque el paso de un estado de naturaleza donde prima el más fuerte a un estado de civilidad basado en la sujeción a la ley democráticamente establecida, requiere, más que de la mano de Dios, de una firme voluntad humana. No de otra forma actores que niegan mutuamente la humanidad del otro pueden reconocerse como iguales y respetar sus diferencias.

Tal trasformación de mentalidad puede parecernos milagrosa si nos atenemos al desconocimiento de una experiencia parecida en el pasado. Doscientos años de guerras civiles, con la excepción de contados interregnos, atestiguan el déficit de pluralismo y democracia en el país. Razón de más para alimentar la esperanza en algo excepcional. ¿Serán conscientes los señores de La Habana del desafío histórico al cual se enfrentan?

En estos cruciales momentos para el futuro de la nación, es oportuno recordar las reflexiones de otro pensador y filósofo de la ilustración. Según Kant, no basta, para alcanzar el fin de la paz, la voluntad de todos los individuos de vivir en una constitución legal, sino que es preciso además que “todos conjuntamente quieran esta situación” para que se instituya el todo de la sociedad civil. El milagro de la paz sobrevendrá cuando todos aprendamos a actuar cooperativamente, a querer conjuntamente una situación deseable que, por la fuerza de la voluntad común, pueda efectivamente realizarse.

La conversación, el diálogo y la deliberación, si tenemos constancia y no guardamos reservas que luego echen al traste lo convenido, serán la clave que oriente el tránsito de guerreros a políticos, de fanáticos a ciudadanos, de autócratas a demócratas. Las reformas sustantivas que el país necesita para vencer la desigualdad, la pobreza y la exclusión social deberían ser fruto no de las armas sino del trabajo de movimientos y partidos políticos fuertes y cohesionados. A éstos deberá garantizarse igualdad real y efectiva de oportunidades, de forma que les sea posible expresar la voluntad popular según las reglas, instituciones y procedimientos democráticos.

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