Por: Santiago Villa

El mito del amor

Reflexión sobre el amor a propósito del día de San Valentín.

El amor es la religión de moda. Incluso conozco ateos para quienes el amor es misterioso y consideran que tiene propiedades milagrosas. Que puede vivir, por ejemplo, más allá de la muerte. La verdad es que el amor, como cualquier otro fenómeno natural, no tiene nada de mágico. Incluso resulta irresponsable perpetuar este mito.

Al definir el amor, las descripciones tradicionales expresan lo que quisiéramos que fuera, pero no lo que es. La sociedad (y hablo de la tradición Occidental) se ha encargado de minar la posibilidad de acceder al amor eterno, incondicional y desinteresado, por el simple hecho de haber inventado el amor eterno, incondicional y desinteresado. Así, diseñó la estrategia perfecta para una frustración inagotable.

 

Pero resulta que el amor no es eso. Es temporal, condicional e interesado. Ésta es la tesis que argumenta el filósofo británico Simon May en su libro, El amor: una historia (Love: A History), que fue publicado en el 2011, pero que yo sepa no tiene traducción al español, aunque sí al portugués. Que sea ésta la denuncia de la semana (y ojalá deba rectificarla el próximo martes), porque el libro es una aproximación novedosa e informada, hecha desde una filosofía accesible al lego, que disecciona la historia intelectual de la emoción más polémica de la humanidad.

La obsesión con sacralizar el amor va de la mano con la profundización del individualismo. La curiosa paradoja es que el más individualista es propenso a idealizar más el amor. El fenómeno se da a nivel individual y social. El desarrollo del individualismo occidental ha generado una suerte de delirio colectivo. Un ideal masoquista.

Nadie ama para siempre. Mucha gente tiene la impresión de que si la emoción se acaba, en realidad fue porque no era amor, y que éste entonces nunca existió. Que en su lugar había una emoción impostora y de segunda categoría, como el cariño o el afecto. Eso abre las puertas al hábito desatento en la vida de pareja y a la insinceridad. El amor es esporádico. Incluso en una misma relación puede ir y venir. Dos personas que están juntas no se aman todo el tiempo.

Amamos interesadamente. Quizás este punto molesta a quienes ven el interés como una suerte de ácido emocional que corroe la espontaneidad y la honestidad. Es una variación secular de la virtud cristiana del abandono propio, que considera egoísta el interés en el yo. Pero una persona que no está atenta a sí misma e interesada en su bienestar, difícilmente podría lograr el tipo de autocontrol y posesión de sí necesarios para construir adecuadamente una pareja, una amistad, o para criar hijos psicológicamente sanos.

Por último, el amor incondicional es una fantasía. Pensar que el amor genuino no depende de nada, y que una vez existe no hay característica, vicio o comportamiento del amado que pueda matar el amor resulta peligroso. Carga a toda relación con una trampa, pues genera expectativas imposibles de cumplir. Ni siquiera en la relación de padres e hijos hay amor incondicional.

Para que el amor exista, y esta es la definición que propone Simon May, quien ama debe sentir que el otro le proporciona un polo a tierra a su existencia, o debe sentir que promete hacerlo. Que le confiere un coctel cuyos ingredientes inmateriales incluso May tiene dificultades al definir, pero entre los que se hallan la sensación de hogar y de validez existencial. Esto genera un deseo legítimo de poseer al otro y de abandonarse a su voluntad (características que a menudo generan conflicto). Cuando esta sensación de que el amado es un polo a tierra se acaba, con ella muere el amor.

Es por eso que las personas todo el tiempo aman a quienes tienen características que la sociedad rechaza, o que incluso el amante no considera agradables, como la fealdad, la inmoralidad y el desprestigio. Un príncipe azul no tiene porqué generar más amor que cualquier otro mortal. Lo importante es que despierte en el amante un polo a tierra existencial.

Así que, en lugar de pregonar en San Valentín un amor que pertenece más a la esfera de los ángeles que al mundano día a día del homo sapiens, podríamos desacralizar el amor y permitir que descienda hasta nuestra realidad. Tal vez así ataquemos, de raíz, una de las causas para la insatisfacción amorosa y la ansiedad erótica que padece nuestra sociedad.

 

Twitter: @santiagovillach

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