Por: Klaus Ziegler

El mito del buen salvaje

Rousseau imaginó al hombre en su estado primigenio como un ser incorrupto, justo y pacífico.

El “buen salvaje” vagaba por la naturaleza, carente de domicilio y en paz con sus semejantes hasta que las terribles desigualdades que hubo de afrontar como consecuencia de la vida en sociedad, “del dominio del hombre por el hombre”, despertaron en él su notable perversidad.

La influencia de este mito en la cultura intelectual moderna es difícil de estimar y se refleja en creencias erróneas como aquella de que “el hombre no tiene naturaleza, solo historia” o  en afirmaciones como “la guerra no es un instinto, sino un invento”, carentes por completo de respaldo empírico y en contradicción con el registro histórico, la evidencia paleontológica y con la información que hoy se tiene sobre las pocas sociedades de cazadores recolectores que aun subsisten en el Planeta.

La leyenda que habla de paraísos habitados por nobles salvajes que desconocen la violencia y conviven pacíficamente sin jerarquías sociales, como los samoanos de Margaret Mead o los Kung San de Elizabeth Marshall, ha sido desmentida una y otra vez por un buen número de antropólogos. En un extenso estudio, la antropóloga Carol Ember ha demostrado que más del 90% de las sociedades de cazadores recolectores conocidas se han visto comprometidas en incesantes ciclos de guerras y retaliaciones donde la violación y la tortura son prácticas sistemáticas. El extraordinario nivel de violencia puede apreciarse en los altos índices de mortalidad masculina a causa de conflictos tribales y disputas internas, índices que harían ver a las ciudades colombianas más violentas como idílicos paraísos de paz. Entre los Jíbaros de Ecuador, por ejemplo, el porcentaje de muertes entre hombres llega al 60%; entre los Yanomami de la amazonia alcanza el 40%, y entre los Mae Enga de Nueva Guinea el 39%.

Durante la Edad Media, en Europa, el porcentaje de muertes violentas se ha estimado en cien habitantes por cada cien mil personas —por año—, y contrasta el hecho de que durante el siglo XX los conflictos bélicos fueran responsables de una mortandad no superior al 10% de la población, contando ambas guerras mundiales e incluyendo los genocidios perpetrados por Hitler y Stalin. Si las dos grandes guerras hubiesen presentado tasas de mortalidad comparables al porcentaje de violencia tribal entre los Jíbaros, el número total de muertos hubiese rondado los dos mil millones, en lugar de los cien millones que algunos han calculado.

Estas cifras respaldarían la hipótesis de que, contrario a lo que se ha sostenido, la curva de violencia ha venido en constante declive desde finales de la Edad Media y presenta su punto de inflexión a comienzos de la Ilustración.  La “era de la razón” coincidiría con una disminución significativa de los niveles de violencia, como ha argumentado el sicólogo de Harvard Steven Pinker. Solo podemos conjeturar cómo pudo haber sido la vida del hombre primitivo y hacer unas pocas inferencias apoyándonos en estudios etnológicos de algunas sociedades que conservan un modo de vida probablemente similar al del hombre del paleolítico.  Lo que se ha documentado es bien distinto de las fantasías literarias de quienes insisten en alegar, contra toda evidencia, que el comportamiento agresivo es aprendido y no hace parte esencial de la condición humana.

La historia de la humanidad es una crónica interminable de guerras brutales, sadismo y exterminio. Hay señales de violencia que cuentan con medio millón de años de antigüedad en cuevas de Sudáfrica y Zhoukoudian. La mutilación y la tortura han sido prácticas rutinarias y formas habituales de castigo desde épocas bíblicas. Infracciones menores como robar un trozo de pan eran sancionadas cortando las manos o cercenando las orejas. Criticar al rey podía hacer que al ofensor se le castigara cortándole la lengua, o con la pena de muerte, para la que se reservaban los actos de sadismo más atroces imaginables.

Los espectáculos crueles han sido formas de entretenimiento a lo largo de toda la historia. Diversiones como “la quema del gato”, en el que un gato era izado en un cabestrillo y se le prendía fuego mientras los espectadores reían histéricos viendo como el pobre animal maullaba de dolor hasta morir, eran parte de la rutina diaria. Por fortuna muy pocas de estas tradiciones bárbaras perduran, y solo una minoría cada vez más pequeña disfruta del sanguinario espectáculo taurino, o de las peleas de gallos, y es razonable esperar que el lento progreso moral de la humanidad más temprano que tarde terminará por erradicarlas para siempre.

Es una verdad incontestable que el hombre es por mucho el animal más violento y cruel. Su inteligencia lo habilita para matar con alevosía y vengarse con insidia. Que la maldad sea la hija natural de la inteligencia, y la violencia el resultado inevitable de las dinámicas evolutivas de los organismos sociales, es quizá la mayor ironía de la naturaleza.

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