Por: William Ospina

El norte del Tolima

En contraste con el frío de la Sabana de Bogotá, donde había millares de venados y donde los indios se vestían, los guerreros que bajaron las pendientes de la cordillera hacia el Occidente, y que atravesaron en balsas improvisadas el río Yuma, después de darle el nombre de una pecadora antigua, llamaron a aquellas llanuras de indios desnudos y bravos el País de la Tierra Caliente.

No imaginamos cómo sería el río cuando estaba sombreado de selvas cuyas raíces retenían las orillas; pero si todavía hoy los pescadores que navegan de noche entre Ambalema y Honda pescan capaces del tamaño de un hombre y bagres barbados de cuarenta kilos, el río prodigioso era capaz de nutrir por sí solo a todos los pueblos de la ribera.

Esos indios guerreros, gualíes y marquetones, lumbíes y onimes, prolongaban el reino feroz de los panches del Sur, que brotaron del río, que eran hijos de los bagres del río. Vivían de cazar y pescar y tenían palabras para despertar la subienda y para espantar a los tigres, palabras para que abundaran las frutas y palabras para detener el veneno de la víbora, palabras para conjurar las águilas, las tempestades y los colmillos blancos de la orilla.

La otra cordillera, que abunda en cumbres nevadas, arrojaba al cielo penachos de humo y de ceniza, surtiendo el agua del deshielo que a veces bajaba en avalancha con rocas y troncos y lodos hirvientes. Y así llegaba al río de caimanes el mensaje del fuego subterráneo, porque la cordillera central es volcánica, y antes de las catástrofes que hicieron emerger la cordillera de rocas basálticas del Oeste, se alzaba sobre las grietas primitivas del círculo de fuego del Pacífico.

Los españoles, Galarza y Núñez Pedrozo, que había sido uno de los matadores de Pizarro, y el viejo y fatuo licenciado Jiménez, fueron los pacificadores de aquellos tiempos iniciales, es decir, exterminadores de indios. Pero es que vivimos en un país donde todavía hoy se emprenden cada cincuenta años cruzadas de exterminio a las que seguimos llamando pacificaciones.

Fundaron los pueblos de la orilla, Honda y Ambalema, y más allá, hacia el sur y hacia el norte, Neiva y Tocaima, Barranca Bermeja y Mompox. Ahora Honda y Ambalema tienen la memoria del río y de la navegación por el río, del tiempo en que vivimos del oro sangriento y del tiempo en que vivimos del tabaco pensativo, memoria de rituales antiguos y de dioses del río. Y saben también cómo fue la aventura de la navegación, cuando las calderas de los vapores que iban y venían por el Magdalena consumieron las selvas, cuando las raíces muertas soltaron la tierra, cuando los sedimentos llenaron el lecho del río y los barcos ya no pudieron pasar porque la navegación había matado la navegación.

Mariquita, por su parte, tiene la memoria de treinta años de reconocimiento de la flora equinoccial, porque fue allí donde los grandes dibujantes de plantas hicieron las láminas de la Expedición Botánica, esa aventura a la vez científica y estética impulsada por uno de los mayores sabios de la España ilustrada.

Honda recuerda también que fue por mucho tiempo el remoto puerto de la Sabana, que por allí pasaron virreyes y obispos, jueces y tropas, comerciantes y verdugos. Que allí finalmente se embarcó el general Bolívar, después de los relámpagos de la guerra, para ver con ojos de fiebre los momentos más bellos de su pasado.

Después del tabaco llegó a las tierras medias el café negro que desvelaba a Europa, y la colonización antioqueña y caucana llenó de pueblos las montañas. Líbano, Villahermosa, Palocabildo, Casabianca, Herveo, Fresno: otra historia de esfuerzo y de sangre se escribió con hachazos y machetes entre los guaduales tupidos, en las selvas oblicuas y por los cañones del Guarinó, del Gualí, del Lagunilla, donde las cascadas casi siempre son verdes y frías, pero a veces son fango encendido.

Un día un muchacho hijo de irlandeses que se había educado en la Inglaterra de Rossetti y de Browning y había inventado un método personal para escribir la música, vio sobre los cañones del Gualí algo que nadie en estas tierras había visto como él: la esfera mágica de la luna llena cargada de símbolos y de mitologías, y escribió ese poema a la Luna que no olvidaron las generaciones. Acaso un día se alzará en ese mismo cañón, hecho por algún artista que sea a la vez ingeniero y astrónomo, poeta y matemático, un monumento original a la emoción que Diego Fallon eternizó en sus versos. “Los Andes, a lo lejos enlutados, pienso que son las tumbas do se encierran las cenizas de mundos ya juzgados”.

Un hilo firme unió en otro tiempo todos estos sitios: desde el hielo del Ruiz, los follajes tenebrosos del páramo y los abismos de Cerro Bravo, hasta las tierras medias de cafetales y guayacanes florecidos, selvas de guadua y plátanos de hojas rasgadas, hasta los llanos de frutales y los ríos atropellados de Tierra Caliente. Y ese hilo fue el cable aéreo más largo del mundo, que construyeron los ingleses hacia los años veinte, y que por casi medio siglo llevó la cosecha cafetera para que descendiera por el río hasta los puertos del Caribe.

¿Volveremos a ver como un todo, unida por nuevos propósitos y por nuevos sueños, esa región que reúne todos los pisos térmicos, todos los paisajes, todas las memorias y tragedias de un mundo? Es una silva de las tierras heladas, la luna suspendida sobre los cafetales, y, como la llamaría el poeta Álvaro Mutis, una novela gótica de Tierra Caliente.

Buscar columnista

Últimas Columnas de William Ospina