Por: Santiago Montenegro

El nuevo centro

Para agrandar la confusión existente, muchos dicen que esta no es una época de cambios, sino un cambio de época. ¿Hacia dónde? Nadie sabe. Entre otras razones porque, para saber hacia dónde vamos, necesitamos saber, no solo dónde estamos, sino de dónde venimos. Es decir, necesitamos una narrativa de lo que ha sido nuestro pasado, nuestra historia, con sus luces y con sus sombras, sus cimientos y ruinas.

Y necesitamos que sean, precisamente, nuestros líderes políticos, quienes aspiran a gobernar a Colombia en los años futuros, quienes nos presenten esa narrativa, esa posición de lo que ha sido nuestra historia y su diagnóstico del presente, para que analicemos sus propuestas para el próximo gobierno. Para ello, por supuesto, se necesita mucho coraje. Porque, dada la confusión que existe, pocos quieren comprometerse, especialmente con un discurso positivo, de propuestas y soluciones concretas.

Como vemos en tantos países, lo más fácil y rentable políticamente, en estos tiempos de crisis, es el discurso negativo, la denuncia, el ataque a enemigos internos y externos, al imperio, a la casta, a las élites, a la tecnocracia, a la economía de mercado y a la globalización. En los Estados Unidos, lo rentable fue atacar a Wall Street, a los musulmanes, a los mexicanos, a los ambientalistas y a los tratados de libre comercio. En el Reino Unido, el enemigo es la Unión Europea y los inmigrantes. En Francia, los causantes de los grandes males son el euro, Bruselas, los musulmanes, el capital financiero y los tecnócratas graduados en las escuelas de élite. Pero el patrón es básicamente el mismo en todas partes: invéntese un muñeco malvado y después destrócelo a puñaladas.

En medio de este panorama, la elección de Emmanuel Macron a la Presidencia de Francia ha sido una bocanada de aire fresco muy estimulante para la democracia liberal y para el humanismo universal. Cuidadoso del lenguaje y de los símbolos, Macron caminó hacia el estrado para pronunciar su discurso, frente al Louvre, bajo los acordes de la Oda a la Alegría, el himno de Europa. Su propuesta es de mucho coraje. Argumentó por Europa y por el mundo, cuando la izquierda y la derecha claman por el regreso a la tribu y a la provincia; defiende la presencia de Francia en la Unión Europea y respalda el tratado comercial con Canadá; propone una reforma por un Estado fuerte, pero más transparente, con menos funcionarios y la eliminación del régimen especial de pensiones de los empleados públicos; desea una reducción de los impuestos a las empresas y la flexibilización del mercado laboral, a cambio de un seguro de desempleo universal, con la obligación de que los desempleados tomen cursos de actualización; argumenta una reforma a la educación con propuestas tan específicas como la reducción del tamaño de las clases y la prohibición de usar los teléfonos móviles en primaria y secundaria.

Pero, más allá de sus propuestas concretas, el pensamiento de Macron es revolucionario al plantear acabar con la eterna dicotomía entre derecha e izquierda. Es una visión por un nuevo centro, por un menor tamaño del Estado, pero de mayor efectividad, de mayor responsabilidad individual y de un gran protagonismo de la sociedad civil.

Como tantas veces lo ha hecho en el pasado, es posible y deseable que, una vez más, Francia sea un faro que ilumine al mundo libre y democrático.

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