Por: María Elvira Samper

"El odio ensucia la vida"

“Lo que está en juego en La Habana no son las Farc, ni el presidente Juan Manuel Santos, ni la oposición a él, sino la posibilidad de vivir como seres humanos”, dijo hace pocos días el padre Francisco de Roux, provincial de los jesuitas, en un diálogo mañanero con RCN Noticias. Lo dijo con su voz suave, casi un susurro, y con la autoridad moral de quien carece de agenda política y ha trabajado sin tregua por la paz, siempre del lado de los más vulnerables, los campesinos, aquellos que han pagado el mayor costo de la guerra. Y señaló que los odios, los señalamientos y las divisiones hacen difícil el trabajo de la reconciliación, y que si no hay disposición para el perdón, los colombianos no vamos salir de la guerra.

Desde otra orilla, la de los laicos, y con la mirada no del pastor sino del analista político, Álvaro Forero escribió, en su columna del pasado lunes en este diario, que la oposición del uribismo a las conversaciones de La Habana es visceral, hecha con odio, “la vieja receta del caudillismo y el populismo latinoamericanos”, y que si persiste en asociar la búsqueda de la paz con traición y entrega al terrorismo, el país no podrá tomar una decisión razonable, y la oportunidad de un cambio histórico terminará a merced de las mezquindades electorales.

Uno y otro, el sacerdote y el laico, coinciden en que el odio —una de la pasiones más básicas y primarias del ser humano— es un obstáculo para la reconciliación. Lamentablemente, odio destilan los trinos y declaraciones del expresidente Uribe que, víctima del síndrome de abstinencia del poder y muy lejos de la estatura de un estadista responsable, ha renunciado a la crítica racional y razonada, y mediante la apelación al odio y a la agitación en un país que no aguanta más muertos ni más años de violencia, le apuesta sin poder al fracaso del proceso con las Farc. El discurso del odio, directo, sencillo y sin matices, no reconoce contradictores sino enemigos, juega con el miedo de la gente y alimenta la intolerancia e incita a la hostilidad y a la violencia, pero es muy rentable en términos políticos. Uribe lo sabe y, a sabiendas, juega con candela, pues si bien es cierto que no siempre es posible demostrar la relación causa-efecto entre lenguaje violento y actos violentos, su dinámica tiene consecuencias serias para la política, porque la envenena, y para la convivencia, porque la intoxica.

Por fortuna no todas las víctimas del conflicto siguen por el camino incendiario del odio, y dan prueba de que la reconciliación es posible si hay disposición para dejar de lado las diferencias. No obstante que están en orillas ideológicas distintas, José Jaime Uscátegui (hijo del general Jaime Humberto Uscátegui, condenado por la masacre de Mapiripán) y José Antequera (hijo del dirigente de la UP asesinado en un atentado en el aeropuerto de Bogotá) ven posible el final del conflicto, apoyan el proceso de La Habana y para demostrarlo proponen un gran acuerdo nacional —y generacional— para erradicar la violencia como instrumento político (ver www.arcoiris.com.co). Uno y otro, en busca de puntos de encuentro y de reconciliación, han depuesto el odio y desechado la línea fácil de los mutuos señalamientos. Lástima que voces temperadas como las suyas no tengan el mismo eco que tienen las estridencias del discurso apasionado del odio de los que insisten en la guerra y se oponen a las conversaciones de paz. Bien dijo el papa Francisco en la homilía con la que inauguró su pontificado: “El odio ensucia la vida”.

 

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