Por: Hugo Sabogal
Entre Copas y Entre Mesas

El otro nido del Sauvignon

Los seguidores tradicionales de la variedad blanca francesa Sauvignon Blanc no aceptan ninguna alternativa surgida fuera de territorio galo. Consideran que todos aquellos imitadores de otras comarcas están lejos de equipararse con los ejemplares autóctonos del Burdeos —su casa paterna— y de la legendaria zona central de Sancerre, en el valle del Loira.

Les cuesta trabajo aceptar, por ejemplo, que Nueva Zelanda haya convertido este ligero y aromático cepaje en una nueva bandera vitícola global.

En cambio, los consumidores de paladar más abierto reconocen, sin dudarlo un ápice, que los Sauvignon Blanc neozelandeses constituyen todo un clásico renovado, que cada día gana adeptos.

El estilo del Sauvignon Blanc de Burdeos, complejo y cremoso, y el de Sancerre, ácido y mineral, se diferencian notoriamente del más vegetal Sauvignon Blanc neozelandés, cuya fuerza aromática e insinuante frescor embrujan al más escéptico.

¿Por qué, cuando se habla de Sauvignon Blanc neozelandés, el mundo se detiene y presta atención? La principal razón es su capacidad de expresar, como pocos, su lugar de origen. Y lo sorprendente es que el consumidor lo reconoce sin confundirse.

La variedad llegó a Nueva Zelanda en los años setenta, de la mano de aventureros enólogos locales, quienes llevaron los primeros esquejes de Francia. Ninguno de ellos sospechaba que la Sauvignon Blanc iba a convertirse en el ícono que es hoy.

Al tratar de encontrar explicaciones, hay que buscarlas en una combinación de factores: el patrón climático y de suelos reinante en las dos pequeñas islas neozelandesas, lo mismo que en el innegable avance de la viticultura local, reconocida, como la australiana, por su enorme capacidad de innovación. Esta suma de razones genera un perfil único e inconfundible.

Los reconocimientos no se han hecho esperar, y hoy el Sauvignon Blanc neozelandés tiene ganado el aprecio de la crítica internacional y la lealtad de miles de nuevos y experimentados consumidores.

Aunque Nueva Zelanda produce Chardonnay y Pinot Noir de excelente ejecución, su Sauvignon Blanc representa el 85 % de las exportaciones totales al mercado global. Es, en resumen, un referente mundial.

Tanto así que en un reciente viaje a la costa pacífica chilena pude constatar que los sobresalientes ejemplares del país suramericano se comparan con los neozelandeses y no con los bordeleses o los de la clásica Sancerre.

Lo mismo ocurre con la versión proveniente de Oregon, en la Costa Oeste de Estados Unidos, donde el Sauvignon Blanc también ha establecido un territorio de experiencias y sorpresas.

Es cierto que la variedad se planta en las once zonas vitivinícolas de las dos islas neozelandesas, pero su inequívoco fortín es la provincia de Marlborough, en la esquina nororiental de la isla sureña.

Allí, las parras, plantadas en planicies aluviales de costa hacia adentro, están rodeadas —y protegidas— por un cordón montañoso que les permite desarrollarse en un microclima fresco y estable. De allí su inolvidable sello de identidad.

Por todos estos motivos, las bodegas se embarcaron en una campaña para convertir al 5 de mayo de todos los años en el día internacional del Sauvignon Blanc. “Celébrelo hasta saciar sus sentidos”, decía el eslogan oficial de la nueva versión.

Así es que si ve un Sauvignon Blanc neozelandés en el supermercado o en la lista de vinos de un restaurante, no vacile: vaya directo al grano.

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