Por: Armando Montenegro

El pacto con la ignorancia

Antonio Muñoz Molina, en el número de Babelia del 30 de marzo, recordó que por años la defensa de la ignorancia popular fue una función de la derecha española: “Nada como la ignorancia para asegurar la fe en los milagros y la reverencia hacia los terratenientes...”, para que la gente se deje “poner uniformes y servir de carne de cañón en las guerras, marcando el paso en los desfiles ante el Santísimo y la bandera a los sones de un pasodoble patriótico”.

Anotó que, con el paso del tiempo, “Una de las sorpresas más desagradables de la democracia fue que la izquierda abandonara su viejo fervor por la instrucción pública”. Y concluyó que en los tiempos de Wikipedia y de Google se ha generado un consenso, entre derecha e izquierda, de que ya no hace falta enseñar ni aprender nada, pues todo se encuentra en internet. Los grandes damnificados son, por supuesto, los pobres.

Estas reflexiones nos llevan a pensar en Colombia. La prédica de que la educación era indispensable para la redención de un país pobre y atrasado, una tarea urgente de todos los gobiernos, fue, por mucho tiempo, una de las banderas de pensadores y políticos liberales, ciertos conservadores progresistas y buena parte de la izquierda de antaño. Santander, los radicales del siglo XIX y los líderes reformistas de la primera parte del siglo XX y del Frente Nacional plantearon que la instrucción pública era el camino para salir de la pobreza y cerrar las brechas de un país insoportablemente inequitativo.

En las últimas décadas este tema salió del discurso reformista. No hubo locomotora educativa y la educación no fue uno “los tres huevitos” de la seguridad democrática. Aparte de enunciados mecánicos y vacíos, con excepción de la cruzada solitaria del gobernador de Antioquia, en la arena política no se discuten propuestas concretas sobre la calidad, la formación de maestros, la evaluación de docentes. Unos cuantos funcionarios hablan a veces de la infraestructura educativa, pero casi siempre se percibe el tufillo sospechoso de su interés de contratar rápido.

La asociación de cierta izquierda con los sindicatos de maestros la alejó de la educación y la unió al pacto general con la ignorancia. Muñoz Molina señala que en España de “la afición maoísta de convertir la mente en una pizarra en blanco en la que se inscribirían con más facilidad las consignas políticas” se pasó a compartir la defensa del “analfabetismo feliz” que se auxilia de las nuevas tecnologías.

En Colombia todavía ni siquiera se ha llegado allá. El tema de la educación parece inexistente en los planteamientos de la izquierda. Las Farc ni ningún otro grupo guerrillero dicen nada sobre la educación en el campo o la ciudad. Y los partidos de izquierda que van a las elecciones se limitan a apoyar los pliegos sindicales, que nada tienen que ver con los intereses de los alumnos y que, la mayoría de las veces, van en contra de sus posibilidades de desarrollo personal y de la reivindicación de los pobres de Colombia.

El silencioso pacto con la ignorancia es dañino. Colombia necesita, otra vez, el convencimiento militante del poder liberador de la educación, la única esperanza de que millones de jóvenes, que hoy no aprenden nada en las escuelas, si es que van a alguna, puedan tener oportunidades semejantes a las de los pocos que asisten a las instituciones privadas de buena calidad.

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