Por: Mauricio Rubio

El Parque de Ratas: otro desafío a una guerra absurda

La cruzada contra las drogas, fuera de crear más problemas de los que pretendía solucionar, estuvo respaldada por unos experimentos sobre la adicción que tenían serias limitaciones.

Hace unas décadas fueron comunes los trabajos sobre modificación de conductas en ratas de laboratorio. Estos animales vivían aislados en unas jaulas metálicas y su único contacto con el mundo era la persona que les traía agua y alimentos. Esos eran los buenos momentos. Durante los experimentos, las ratas podían quedarse sin comer 24 horas antes de pasar a espacios aún más pequeños, las cajas de Skinner, en donde recíbian refuerzos positivos, comida, o negativos, descargas eléctricas, según cómo se comportaban.

En los años sesenta, varios psicólogos conductistas utilizaron cajas de Skinner para estudiar las adicciones. Perfeccionaron técnicas para que los animales se auto inyectaran pequeñas dosis de drogas con una palanca. Bajo ciertas condiciones las ratas activaban el mecanismo repetidamente para consumir cantidades importantes de heroína, morfina, anfetaminas o cocaína casi hasta dejarse morir de hambre o sed con tal de mantenerse dopadas. Los medios se interesaron en estos experimentos que demostraban la incontrolable adicción provocada por la simple disponibilidad de sustancias y que encajaban bien en la recién iniciada guerra contra las drogas.

La proyección a los seres humanos del escenario de ratas destruyéndose ofrecía un panorama desolador. Una publicidad de la Asociación para una América Libre de Drogas mostraba un huevo frito, el cerebro, que poco a poco se quemaba en el sartén. La idea de que las drogas enganchan automáticamente a cualquiera que las consuma ha configurado la política represiva desde sus inicios.

A final de los años setenta investigadores de la universidad canadiense Simon Fraser dirigidos por Bruce Alexander se sintieron insatisfechos con esos experimentos e introdujeron algunas modificaciones. Al tradicional conjunto de ratas encerradas en jaulas individuales le sumaron un grupo de control con animales que podían moverse libremente en un área de unos diez metros cuadrados en la que se simulaba un entorno natural. Al no quedar aisladas, en medio de algunas cajas y objetos, las ratas podían interactuar, jugar, pelear e incluso aparearse. El recinto fue denominado el Parque de Ratas. Se escogieron dos grupos de animales, mitad machos mitad hembras, para ponerlos aleatoriamente en un espacio abierto o encerrarlos individualmente y, en ambos casos, inducirlos a beber una solución con morfina.

Las ratas enjauladas consumieron la droga más pronto y en mayores cantidades que las del parque. Allí, la morfina disponible rara vez fue ingerida: las ratas parecían preferir una vida social libre del alcaloide. Las cautivas, por el contrario, aumentaron su uso hasta volverse adictas. Mediante una cuidadosa dosificación de la droga y la proporción de azúcar en la solución que bebían, los investigadores se aseguraron que las ratas del parque evadían los efectos de la droga y no su sabor.

Posteriormente Alexander y sus colegas repitieron el experimento con ratas físicamente dependientes de la morfina para encontrar que algunas de ellas, en el parque, eran capaces de “curar” su adicción mientras que las enjauladas la mantenían.

Los resultados del Parque de Ratas los resumió Alexander en tres puntos. Primero, en vez de un precipicio insalvable en el que caían los animales expuestos, no era fácil convencer a las ratas de convertirse en usuarias habituales de morfina. Segundo, a diferencia de las ratas enjauladas, las del parque no presentaban apetito muy fuerte por la droga. Por último, no se observaban patrones uniformes de adicción, sino grandes diferencias de consumo entre las ratas, que dependían de características individuales y de la posibilidad de interacción social.

El experimento fue replicado con relativo éxito por investigadores de otras universidades, pero los resultados nunca calaron en el debate sobre drogas. En 1982, la Universidad Simon Fraser cortó la financiación al estudio. Alexander no quiso sobre dimensionar los resultados ni hacer inferencias apresuradas para los seres humanos, pero le quedó rondando la imagen de las ratas en el parque que no consumieron droga a pesar de tenerla a su disposición. Pensó que un factor importante para prevenir la adicción en las personas podría ser, tal vez, vivir en libertad con sus semejantes en un entorno agradable en lugar de sentirse atrapadas y aisladas, como en una jaula.

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