Por: Armando Montenegro

El péndulo hacia el Pacífico

Una de las condiciones de una política exterior exitosa es que quienes la practican mantengan primero que todo el control de la situación interna de sus propios países.

La innovadora política internacional de Chávez, Lula y Néstor Kirchner, que se tradujo en la creación de Unasur, independiente de Estados Unidos y con la ambición de proyectarse a todo el mundo, se fundamentó, entre otras cosas, en el liderazgo doméstico de sus líderes, así como en los progresos económicos y sociales de sus gobernados, en su momento basados en los altos precios de los productos de exportación.

Nada de esto subsiste hoy. Buena parte de los venezolanos piensa que Maduro se robó las elecciones y sufre las consecuencias de la polarización política, la inflación, la escasez y el desempleo. Las multitudinarias protestas brasileñas, en medio de una economía que todos los días pierde impulso, son la música de fondo de la acelerada pérdida de popularidad de Dilma Rousseff. Y la crisis económica argentina y los escándalos de corrupción del Gobierno caracterizan el lánguido mandato de Cristina Fernández.

La consecuencia de todo esto, como era de esperar, ha sido la pérdida de dinamismo y la falta de liderazgo de las instituciones que se impulsaron en la región en las administraciones de Chávez, Lula y Kirchner. Mercosur, una iniciativa de integración económica que data de los años ochenta y noventa, se disuelve a causa del hostil proteccionismo que ejercen entre sí sus propios socios. El Alba, un invento de Castro y Chávez, ya sin la petrogenerosidad del comandante venezolano, con los enredos domésticos de Maduro, es una organización que agoniza. Y Unasur, aunque se esfuerza por mantenerse vigente, podría asemejarse a una banda que carece de partitura y cuyos principales músicos están enfermos o ausentes (fue patética la reacción de un puñado de sus líderes en un coliseo cubierto en Cochabamba a raíz de las dificultades de Evo Morales para volar sobre algunos países europeos después de afirmar en Moscú que Bolivia estaría dispuesto a acoger a un norteamericano acusado de traición en Estados Unidos).

Esta coyuntura ha facilitado el rápido despegue de la Alianza del Pacífico, cuyos socios, México, Colombia, Chile y Perú, nunca se sintieron del todo cómodos en medio de las más ruidosas iniciativas de Chávez y Lula (como los estrechos abrazos con Ahmadineyad). La Alianza puede permitir que estos países impulsen ambiciosos proyectos económicos y desarrollen una política exterior abierta a todo el mundo, comprometida con la democracia —un tema despreciado en Unasur—, independiente al mismo tiempo de las orientaciones de Estados Unidos y de la verborrea y los desplantes de los vecinos menos reflexivos.

Colombia, sin embargo, tiene motivos que lo obligan a conservar numerosos puentes con Maduro, su gobierno y sus allegados. Además de los temas tradicionales, propios del vecindario y de economías complementarias, con una larga historia en común, el gobierno de Venezuela es un actor fundamental del proceso de paz en marcha, anfitrión y consejero de los líderes de las Farc. Mientras duren estas conversaciones, Colombia tendrá que mantener un pie en cada uno de los lados de las divergentes corrientes latinoamericanas. Por fortuna, el presidente Santos y su canciller han demostrado su habilidad para sortear este tipo de maniobras.

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