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Carlos Granés 14 Feb 2013 - 11:00 pm

El pene en el avispero

Carlos Granés

La gran utopía de la contracultura de los sesenta fue crear una sociedad tutelada por los dos sentidos de la palabra inglesa free: libre y gratis.

Por: Carlos Granés
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Quienes más cerca estuvieron de vivir ese sueño fueron los Diggers, un grupo de actores revolucionarios asentado en el del barrio Haight-Ashbury de San Francisco, que se propuso crear un gran happening colectivo cuyo resultado sería una vida liberada del dinero y del trabajo. Organizaron comidas gratis, tiendas gratuitas e incluso lugares donde alojar, sin costo alguno, a los hippies que llegaban en masa a vivir aquel delirio de ociosidad creativa y gozosa.

El experimento duró poco tiempo. Alimentar, vestir y hospedar a miles de hippies suponía un sacrificio enorme, y luchar contra los nuevos comerciantes que encontraron en la parafernalia contracultural un lucrativo negocio resultó inútil. Los Diggers reconocieron su derrota y en 1968 abandonaron el Haight-Ashbury. Pero su utopía de libertad y gratuidad absolutas no murió. Cuatro décadas después, gracias a la revolución tecnológica, ha vuelto a renacer. No en un barrio marginal de California, sino en el espacio global y virtual de Internet.

Ese nuevo territorio, donde la legislatura es precaria y la habilidad técnica burla las restricciones, ha visto emerger nuevas comunidades que defienden el mismo ideal de los Diggers: en la red, todo debe ser libre y gratis. Aaron Swartz, el joven hackctivista que se suicidó hace unas semanas, es el símbolo más visible. Aaron descargó miles de artículos académicos de JSTOR, una plataforma del MIT, enfrentándose a una condena de hasta 35 años, suficientes como para preferir la muerte. Aaron era un prodigio de la informática y su suicidio es una tragedia, ¿pero es legítimo lo que hacía? ¿Puede alguien adjudicarse el derecho de vulnerar la legalidad bajo el pretexto de que “la información pide ser liberada”?

Hay algo seductor en el movimiento hacker, y es su fuerte carga moralista. Al menos Anonymous (hay otros, como LulzSec, que es menos Digger y más dadaísta: busca la broma y la risa a toda costa), se moviliza en contra de enemigos impopulares, como un locutor neonazi o la cienciología. También se ha implicado en la Primavera Árabe, cosa que los ennoblece. Sin embargo, cae en el mismo error de los Diggers. Cree que los productos que circulan por la red deben ser gratuitos, como si surgieran de la nada y no implicaran esfuerzo y dinero. Bien se trate de trabajos académicos, novelas o películas, todo debe estar ahí. El internauta, convertido en un pequeño dios, materializa sus deseos con tan sólo tronar los dedos (o hacer clic, que viene siendo lo mismo). Esto aumenta la gratuidad, pero no la libertad. Al contrario, pone en riesgo la existencia misma de la cultura y de la ciencia. Con un añadido. Un comediante estadounidense decía que incordiar a Anonymous era como meter el pene en un avispero. Es el lado oscuro de todo esto. El momento en que el moralista tiene acceso a la información privada de cualquiera, ya no estamos ante un liberador, sino ante quien vigila, juzga y controla todo.

 

* Carlos Granés

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