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hace 27 mins
Por: Ana María Cano Posada

El precio electoral

Un conocedor, como Enrique Santos Calderón, del peso de las palabras en un proceso de paz, desconcierta al ponerle un precio electoral y vaticinar que más vale reelegir a su hermano en la Presidencia.

La oportunidad que tenemos, la última, para hallar la salida del conflicto armado a través de un diálogo, se enreda en la trampa electoral y se vuelve presa de quienes quieren perpetuar la vía armada que nos ha mantenido en el atraso democrático y económico desde los años 40 del siglo pasado.

Por estos días, entre el carnaval y la cuaresma, el ciclo natural de las cosas espera renovarse con el renacimiento, la primavera, pero aquí este despojamiento de lo viejo e inservible nos está vedado porque hemos perfeccionado la terca repetición. La obstinación ha incrustado la violencia y la sangre en nuestro escudo, con adalides que acuden al término democrático con desfachatez. Nos preparamos, pues, para otra ronda electoral como reincidencia de todos los males. Se esfuman la confianza y la esperanza que alientan lo que puede ser renovación.

Se alinderan los bandos y no corresponde ninguno a una ideología porque las ideas han sido sustituidas por intereses o rencillas. El jefe de la campaña contra el proceso de paz toma la vanguardia. Es el inquisidor procurador Ordóñez, que ha inhabilitado por hacer política, según él, estando en funciones, a personas como Alonso Salazar. Y él mismo hace politiquería de la fina, en su trono. Y advierte, con el índice rígido de los de su bando, que no pueden aspirar a hacer política los que dejen las armas y hayan tenido pasado delictivo. Habría que ver pues, en ese orden de ideas, cuántos quedarían listos para ejercer cargos de elección pública. Busque a Diógenes para que se los encuentre.

Parece un desahucio que tras haber podido sentar en una mesa a quienes se han enfrentado infructuosamente durante casi 70 años, ahora vaya a encallar porque hordas de sedientos de poder hayan salido al quite. Otra vez más de lo mismo... La confusión de la opinión pública paralizada y los que pretenden representar al país, armados ellos o por interpuesta persona, enriquecidos por corrupción y narcotráfico se preparan para abrirse espacio a codazos. Otros, o los mismos, continúan su línea guerrerista para recuperar el poder del que están viudos, y los demás a reelegirse.

Años de régimen de garrote y sangre nos unificaron hasta volvernos víctimas a todos y absolvernos de toda responsabilidad. Los medios de comunicación recurren a sus archivos para pasar como presente lo que es pasado: el atentado al Club El Nogal hace 10 años. El efecto inmediato es producir espanto de estar dialogando con el monstruo que es el otro y que no reconocemos en nosotros mismos. Farándula que usa el espectáculo y espectáculo es también la violencia, que es efectiva para provocar inmovilidad, disuadir y sustituir la participación política.

El proceso de diálogo con la guerrilla les sirve a todos de ruedo para torearse y no importa si terminan por matarlo de una estocada, porque interesa el resultado electoral y en ningún caso el porvenir de un país.

Enrique Santos, un periodista que conoce el efecto de los medios en los procesos de paz, si sopesa las palabras, serviría como pedagogía necesaria para sus colegas.

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