Por: Nicolás Rodríguez

El prohibicionismo al Congreso

El mejor argumento frente a la lista uribista al Congreso no puede ser el pasado criminal del primo de uno de sus miembros.

Como con la guerrilla, sería preferible tener a toda esta gente, buena, mala o regular, haciendo política en el Congreso y de cara a la ciudadanía. Si su pasado, el de sus papás, tíos, abuelos o amigos es cercano a lo paramilitar, a lo narcotraficante, las dos o sus derivadas, que eso también se debata durante la campaña, en las urnas y los espacios para discutir sin balas.

Pero Uribe vuelve a hacer política. Y antes de continuar con las estériles comparaciones con Hitler o con Chávez (y ya Chávez creía que Uribe era Hitler…) y las referencias permanentes a las motosierras (que le agregan a la maldad que se pretende señalar el carácter de superhéroe), no estaría de más pasar hacia la discusión de qué es lo que hay en la filosofía uribista que no le conviene al país.

En materia de convicciones, su apego al prohibicionismo es algo por lo que sí cabría montar una nutrida oposición. Tan acostumbrados estamos a soportar las repercusiones de este fanatismo, que primero se denuncia al exasesor con familiar narcotraficante y después, y eso con algo de suerte, se reflexiona sobre la permanencia del narcotráfico.

Uribe llevará sus dos o tres obsesiones al Congreso. Y entre estas estará el prohibicionismo. Una postura que convertida en política oficial (impuesta por los gringos o aplicada por lambonería) es el origen de los mercados negros, las mafias y el aprovechamiento de la guerrilla, los paramilitares, las bacrim y los que estén por venir; la razón de los excesos estatales hacia los campesinos que producen, y el fundamento mismo de la evitable tragedia del consumidor de bajos recursos que se hace matar por conseguir droga de muy mala calidad. O muere consumiéndola.

Si de violencia se trata, ahí está el prohibicionismo.

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