Por: Augusto Trujillo Muñoz

El quinto poder (I)

En general los colombianos desatienden la importancia de la conexión entre sociedad e instituciones cuyo secreto está, precisamente, en la democracia de participación.

Durante el siglo xx se produjeron grandes cambios desde el punto de vista institucional. Para empezar, se deterioró el control político hasta límites dramáticos. A cargo de la rama legislativa, aceptada como la primera del poder público, el ejercicio del control colapsó cuando los gobiernos –es decir, el segundo poder- terminaron controlándose a sí mismos a través de sus propias mayorías parlamentarias.

Surgió entonces el control judicial a cargo, como su nombre lo indica, del tercer poder. La importancia de su ejercicio se catapultó con la conversión de la constitución en norma jurídica y la aparición de los principios como categoría vinculante en el mundo del derecho. Sin embargo los tribunales constitucionales comenzaron a arrogarse poderes en forma discrecional, particularmente a partir de la tesis que sostiene la existencia de límites materiales implícitos en las constituciones, los cuales impiden su modificación. Esto dio origen a la escuela norteamericana del constitucionalismo popular, para cuyos voceros los jueces terminaron capturando el derecho.

Por todo eso surgió la idea del cuarto poder. Fue una iniciativa de la sociedad civil para controlar el proceso de oligarquización de las democracias y el poder desbordado de las mayorías, cuyo resultado fue el macartismo de izquierda y de derecha que se convirtió en razón superior de los fascismos y los comunismos. También había poderes fácticos: el poder militar, el poder económico, el poder sindical, el poder de las corporaciones.

En el cuarto poder también surgieron problemas: el cuarto poder se convirtió en parte del Poder. Hay, ciertamente, periodistas independientes, pero ello no oculta el vínculo entre los medios de comunicación y algunos de los poderes fácticos. En esas condiciones la agenda pública termina capturada por los medios y la democracia deja de ser abierta y ciudadana para volverse mediática. 

Hace falta, entonces, el quinto poder. Un poder ciudadano que no esté condicionado por intereses distintos a los suyos. Un poder que los ciudadanos pueden ejercer eficazmente tanto en el espacio de los flujos como en el espacio de los lugares. En éste caso rescatando la importancia de la comunidad local, para que el ciudadano se sienta identificado con unas instituciones de proximidad, y en aquel a través de las redes sociales que son un medio de expresión igualitario.

El siglo xxi descubrió las sociedades plurales pero no ha podido integrarlas. Más bien observa su fragmentación, como corolario del pluralismo. El ejercicio del poder ciudadano estaría en condiciones de tramitar los múltiples intereses de la sociedad con armonía, en medio de la diversidad, y de construir acuerdos básicos en medio de las diferencias. Esa es la participación. El país debe recuperar esos propósitos, refundidos en un escenario de confortaciones, y estimulados desde las cúpulas de los cuatro poderes. El quinto poder –es decir, el ciudadano- sería un contrapoder democrático.

*Ex senador, profesor universitario, atm@cidan.net 

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