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Fernando Araújo Vélez 4 Mayo 2013 - 11:00 pm

El caminante

El rastro de los muertos

Fernando Araújo Vélez

Ella estaba en su casa, sola. Leía una novela de Paul Auster pues recordaba que alguien le había contado que Auster se había vuelto escritor porque un día dejó olvidado su lápiz en casa y se encontró con el beisbolista Mickey Mantle, uno de sus ídolos infantiles.

Por: Fernando Araújo Vélez
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Le pidió un autógrafo y Mantle, inmenso, le preguntó si tenía algo con qué escribir. Él había dejado su lápiz, y parecía que todos los humanos que había a su alrededor hubieran dejado sus lápices también ese día en sus casas, pues preguntó e imploró y las respuestas siempre fueron No, lo sentimos, No, lo olvidamos, No. No, después de buscarse en los bolsillos. No, después de esculcar en sus carteras. No, en medio del sufrimiento-angustia de Auster niño, que ese día juró cargar siempre un lápiz consigo para anotar sus ideas, lo que veía, lo que soñaba, lo que ocurría. Para no perderse otro autógrafo.

Ángela recordó sus autógrafos, dos firmas tontas de dos actores de segunda que por 15 minutos se creyeron de primera por una telenovela de éxito, y se perdió en una noche pasada en la que se había pagado un viaje a Lima para ir a un recital de Luis Miguel. Mientras devolvía la película, las canciones, volvió a El libro de las ilusiones, y en sus páginas mezcló a Luis Miguel con Auster, y a Auster con Héctor Mann, el personaje central de la novela, un cómico del cine mudo que se había esfumado del mundo conocido a principios de los 30. Revisó en el estante de sus películas a sabiendas de que esa, la de Mann, no estaba, no podía estar, pero revisó. Luego volvió al libro, pero ya no pudo concentrarse. El cómico la perturbaba, la perseguía. Incluso le hablaba. Era un cómico muerto que la buscaba, un cómico muerto surgido de un libro, además. Las memorias de un muerto, murmuró, y buscó la página en la que había leído esa frase. Con el dedo, repasó las líneas de un diálogo que explicaba que Chateaubriand había durado 35 años en escribir Memorias de ultratumba, y había pedido que lo publicaran 50 años después de su muerte para que su voz fuera la voz de un muerto muy muerto.

Cerró el libro. Se levantó. Buscó en la biblioteca a Chateaubriand, también a sabiendas de que no estaba y de que en realidad Chateaubriand era lo que menos le importaba, hasta que comprendió que perdía el tiempo sólo para aplazar una decisión que ya había tomado. Aun así, hizo el último intento en la librería del barrio. Ni muertos ni Chateaubriand, y menos, películas de cine mudo. Vacía, se metió en una agencia de viajes y compró un tiquete a Nuevo México, el lugar en el que había terminado el cómico Mann.

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