Por: Juan David Zuloaga D.
Atalaya

El regalo del libro

Por estos días tiene lugar una de las citas inapelables que guarda Bogotá con la cultura: la Feria del Libro. Una fiesta en la que se congregan lectores, autores, editores, publicistas, diagramadores, correctores, cajistas (que todavía quedan algunos) e ilustradores. Y lectores y más lectores; sobre todo lectores, porque a estas alturas la Feria del Libro de Bogotá es una de las que recibe mayor número de visitantes de toda Hispanoamérica.

La feria es una fiesta y un tributo. Una fiesta en la que se le rinde el debido homenaje a ese compañero ilustre y fiel que acompasa algunas de las horas más felices de nuestra existencia. Y un tributo porque se trata, en verdad, de rendirle homenaje al libro y a su más incondicional gestor: el lector. Pues sin él nada de los universos que encierra cada libro y que rodean a esos folios elocuentes existiría ni sería posible. Todos los esfuerzos que realizan autores, editores, ilustradores, tienen como objetivo y fin honrar al lector, epicentro en donde confluyen tantos mundos venturosos.

Allí estarán, en pabellones inmensos, en anaqueles abarrotados, ora gracias a la recomendación de un familiar o de un amigo, ora gracias a las caminatas pacientes, solitarias y cuidadosas que realizamos en las librerías, ora gracias a una reseña crítica o un comentario cogido al vuelo, allí estarán esperándonos tantos libros que, por misteriosas tramas, escogerán a su merecido lector. Allí estarán, reclamando nuestra atención, libros bien dispuestos en las estanterías, siempre prestos a brindarnos solaz y consuelo; a regalarnos con una luz contenida, pero certera; a obsequiarnos con esa compañía serena, pero constante. Y, sobre todo, impagable.

No hay milagro más conmovedor ni más hermoso que el de la comunión entre dos almas. Y ese milagro es el que ocurre cada vez que encontramos y leemos un libro que nos habla al oído o al corazón, como sólo saben los viejos amigos y el verdadero amor.

Allí estarán esos libros, esperando a encontrar el lector que han soñado, para conversar con él en las noches solitarias, para instruirlo en los momentos de ignorancia y de duda, para sosegarlo en las horas de desconsuelo, para llenar de luz y de color hasta las vidas más tristes y más insulsas. Para poblar la memoria de historias dichosas y eternas y para acompañar, a lo largo de toda una vida, a ese corazón al que, por no se sabe bien qué misterioso regalo, le fue dado conocer las delicias y los tesoros sin par y sin medida que albergan esas hojas, pacientes y silenciosas, que aguardan la hora de que sea su turno. Ese es el milagro admirable y único de un libro que encuentra a su lector.

@Los_atalayas, [email protected]

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