Por: Andrés Hoyos

El robo

SI UNO QUIERE COMBATIR EL ROBO, lo primero ha de ser conocer a los ladrones. Pues bien, confieso que me cuesta trabajo entender a los de cuello blanco que roban al Estado colombiano, al menos a los de los últimos tiempos.

Convengamos en que en este país existe una larga tradición multimodal de robo al erario, basada en una paradoja que en el fondo no lo es: a un Estado pobre es más fácil robarle, pues la pobreza obstaculiza la defensa. Un policía, un juez o un investigador que reciba un sueldo muy bajo no resiste los famosos cañonazos de doscientos millones de los que hablaba alguna vez el presidente mexicano Álvaro Obregón.

Esta tradición corrupta establecía que las probabilidades de robar con éxito en Colombia, sobre todo en las cumbres del Estado donde hay dinero de verdad, eran altas. Lo demuestran con elocuencia las escasísimas condenas dictadas a presidentes, ministros o altos funcionarios durante el siglo XX colombiano. Aclaremos que en paralelo fue cierto que la justicia mordía a los de ruana, pues el “derecho” que tenía el alto funcionario de robar o intrigar a su favor no implicaba ni mucho menos que su secretario también lo tuviera.

Sin embargo, en los últimos veinte años han empezado a ir a la cárcel más y más políticos importantes. El relativo apogeo del castigo ha tenido en realidad dos oleadas: la del Proceso 8.000 y aledaños, que envió bastante gente a la cárcel, y la más reciente de la parapolítica, igualmente productiva en la materia. En la mitad hubo un relativo debilitamiento del castigo, según se vislumbra al buscar las palabras “cárcel”, “encarcelar” y “preso” en el archivo de El Tiempo (los presos comunes figuran menos en los periódicos).

Digamos, sin embargo, que el fortalecimiento de la justicia, pese a los bandazos, sea un proceso cierto y que en adelante las probabilidades de que a alguien lo condenen por robar al erario vayan a ser mayores. ¿Por qué subsiste el saqueo pese a los carcelazos? ¿Por qué se han arriesgado algunos a meter mano en la contratación de Bogotá, siendo como es la más vigilada por la prensa y por la ciudadanía? No tengo la respuesta, sino apenas unas hipótesis. Los lectores podrán aportar las suyas, que serán bienvenidas.

Mi primera hipótesis es que la corrupción es un vicio viejo que sí paga a pesar del paso por la cárcel. Pensarán los cínicos que en Colombia el riesgo vale la pena, pues aquí de la cárcel se sale rápido y se sale con plata. Hoy el 15% de un contrato importante puede ser una cantidad muy grande, y en la medida en que el dinero sigue siendo fácil de esconder y de movilizar, las sanciones pecuniarias que acompañan a las condenas penales suelen ser un saludo a la bandera. El delincuente aprendió a “ficticiarse”, así que al salir de la cárcel le espera una jugosa jubilación.

Otra hipótesis es que sigue sin haber sanción política, social o moral a los corruptos. Los partidos no expulsan a nadie, a menos que mate a la madre en un parque o que aparezca la foto del personaje recibiendo un bulto de billetes.

La tercera hipótesis es que los delitos prescriben según una lógica que yo, lego, no entiendo. Si un acusado se vuela y no asiste a su juicio, esas vacaciones, me parece a mí, deberían de descontarse de la prescripción. ¿O no?

La última hipótesis es que vamos mejorando sin que se note tanto y que lo que se vive ahora, digamos, en Bogotá es un último coletazo, la despedida de los viciosos. Ojalá.

[email protected] @andrewholes

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