Por: Andrés Hoyos

El síndrome de Rosario Murillo

ANNE SINCLAIR ES UNA DIVA ARIS-tocrática que se ha paseado desde niña por los corredores del lujo y del poder.

 

 

Nieta de uno de los grandes marchantes del alto modernismo, doña Anne era por mérito propio una estrella de la televisión francesa cuando en 1991 decidió casarse en segundas nupcias suyas y terceras de él con un personaje aún más rutilante que ella: el entonces prominente diputado Dominique Strauss-Khan, conocido como DSK. Pasados veinte años, Anne dice lo siguiente sobre el lío, en extremo comprometedor, en el que se metió su marido este sábado con una camarera africana en el lujoso hotel Sofitel de la calle 42 neoyorquina: “No creo ni por un segundo en las acusaciones que se le hacen a mi esposo”; después hace un llamamiento a “la decencia y a la discreción”.

Ya, ya, un hombre de 62 años no se levanta un buen día enguayabado para descubrir que no puede controlar sus apetitos y luego intentar violar a la primera camarera atractiva que se le cruza por enfrente. No, un violador potencial va dejando rastros de su proclividad, como según una multitud de testimonios los fue dejando DSK, y si su esposa no los ve es porque no quiere verlos. Así de sencillo. Tampoco era la primera vez en que ella lo disculpaba. Cuando se publicitó en 2008 el affaire de DSK con Piroska Nagy, una subalterna en el FMI, la Sinclair dijo que había sido apenas un one-night stand, a sabiendas de que mentía.

Dejemos en claro que aquí no estamos hablando de la obsesión puritana de los gringos con la monogamia. Yo entiendo que los europeos, con excepción de los ingleses, se hagan los de las gafas cuando un hombre poderoso se enreda en un affaire consentido con una mujer, la cual luego puede arrepentirse o tratar de sacar provecho. La infidelidad consentida, dolorosa como es para la persona traicionada, es un hecho de la vida y no implica la jubilación de nadie. Pero no, a DSK lo acusan de acosar a muchas mujeres y de intentar violar al menos a una, posiblemente a varias, actos sujetos al código penal.

Estamos a todas luces ante un síndrome que afecta a bastantes mujeres, cualquiera que sea su nivel social, vinculadas a hombres abusadores o violentos. El caso más aberrante es el de la “poeta” Rosario Murillo, esposa de Daniel Ortega. Está documentado hasta la saciedad que el gran jefe sandinista violó de manera sistemática y continuada a su hijastra Zoilamérica Narváez desde que la niña tenía 11 años hasta que tuvo 17, cuando se le pudo volar al psicópata de su padrastro. Sin embargo, doña Rosario ha encubierto sistemáticamente a su impresentable marido, a cambio de un trozo cada vez más grande de su poder.

No sé de dónde viene este síndrome. ¿Es una mezcla de cinismo con alguna debilidad primigenia, adquirida en los tiempos de la intemperie biológica en los que los machos alfas mandaban la parada en el mundo? De lo que no cabe duda es de su amplia vigencia. ¿Cómo explicar, si no, que una parte de la prensa francesa haya empezado a hacer circular historias estrafalarias según las cuales DSK es un buen tipo al que le tendieron una trampa? Quedan muchas otras preguntas por resolver: ¿En el FMI no tenían ni idea de las pulsiones subterráneas del jefe? ¿No hay allí selección de personal?

Me dice una corresponsal aliviada que la policía de Nueva York le hizo un gran favor a Francia, sacando de la carrera presidencial a un personaje tan siniestro como DSK. Concuerdo.

[email protected] @andrewholes

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Andrés Hoyos