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William Ospina 23 Feb 2013 - 9:00 pm

El sueño de los miserables

William Ospina

A FINALES DEL SIGLO XVIII TRIUNFAba en Europa la razón.

Por: William Ospina
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El Racionalismo iluminó con su filosofía hasta los rincones más inadvertidos de la realidad física, e hizo que Goethe afirmara que leer a Kant era “como entrar en una habitación muy bien iluminada”.

Una generación exultante inauguró la fe en el progreso; los jóvenes corrieron a las barricadas, afilaron las cuchillas de las guillotinas y emprendieron la tarea terrible de igualar a los hombres cortando las cabezas venerables del Antiguo Régimen.

Pero la fe en la razón trajo al mismo tiempo el despertar de los inventos. La conquista de la electricidad permitió diseñar máquinas que facilitaran o reemplazaran el trabajo humano. No se trataba precisamente de traer descanso a las generaciones que se encorvaban trabajando en las granjas y en las factorías: más bien de poner freno a los reclamos y las exigencias de los obreros.

La industria quiso contar por fin con obreros perfectos: máquinas obedientes que no pidieran aumentos de salario ni servicios de salud, sino sólo un poco de electricidad y un poco de aceite. La primera revolución de la industria trajo un incremento de la injusticia laboral, y los obreros vieron en las máquinas la aparición de un nuevo enemigo.

De todas esas cosas, de las luces de la Ilustración, de las pesadillas de la industrialización, de la nostalgia de un mundo sin humo y sin estruendo, del recuerdo de la noche sin lámparas de gas, agobiada de viejas leyendas y de cosas siniestras, se alimentó el Romanticismo, que fue a la vez el estilo vital de una época, pero también un tipo de literatura, de arte y de música, que condensaba todas esas cosas y que creció como espuma en las primeras décadas del siglo XIX.

El Romanticismo nació en unos cuartos de miseria donde, como decía Chesterton, unos pobres muchachos tísicos se alejaban del mundo y se encerraban a conversar con los dioses. En el cuarto donde murió posiblemente de hambre o de láudano el poeta Chatterton; en el cuarto donde John Keats recibió la tuberculosis de los labios enamorados de Fanny Browne; en los cuartos donde dormían Percy Shelley y su novia Mary Godwin, mientras la hermana de ella espantaba las ratas.

Y todo eso ocurría en la bruma de Londres, que era en realidad el humo de las fábricas ensombreciendo los suburbios, o en las barriadas donde después transcurrirían las novelas de Dickens, o en los arrabales anónimos donde vivía sus pesadillas de opio Tomas de Quincey, o en las calles atestadas donde Edgar Allan Poe concibió su cuento El hombre de la multitud, o donde Baudelaire vio pasar a una mujer bellísima, y sólo al perderla de vista comprendió que sólo ella lo habría comprendido, que la mirada que se cruzaron contenía sus vidas, y que ya se habían perdido para siempre.

Del espíritu del Romanticismo condensó Víctor Hugo su novela Los miserables, cuya versión cinematográfica, dirigida por Tom Hopper, acaba de estrenarse. Esta novela marcó como pocas a las gentes del siglo XIX, porque tocaba todas las fibras sensibles de esa época: la pobreza, los trabajos forzados, la cárcel, la explotación de los pobres, la niñez abandonada, la arbitrariedad policial, la desdicha como destino, el heroísmo suicida de los revolucionarios, la otra vida como consuelo para las interminables desdichas de ésta.

Ahora todo eso nos llega un poco deslucido por los cambios de paradigmas de la época. Esa historia en Europa es antigua, aunque para nosotros parezca tomada de los diarios de esta mañana, pero ya tal vez los jóvenes no se deleitan tanto con historias de lágrimas; y la idea de una persecución eterna, de una injusticia persistente, de unos niños abandonados, de unos hombres que casi no logran abrirse camino en medio de la adversidad, de unas madres que lloran sus ojos pensando en el porvenir casi imposible de sus críos, conmueve menos al mundo, porque a lo largo del siglo XX vimos cosas mucho peores, porque la crueldad humana y la desesperación alcanzaron cumbres y abismos más innombrables, y las penas románticas parecen ahora paisajes pastoriles, casi leyendas rosa de una edad de inocencia y de ingenuidad, ante los nuevos peligros del mundo.

Por eso se requiere cierta inocencia para aceptar este tropel de visiones del siglo XIX, enriquecidas por una bella fotografía, una gran destreza escenográfica, y una banda sonora extraordinaria. Además, el género del teatro musical exige indulgencia, porque ya nos resulta un poco inverosímil que en los momentos de mayor dolor o dificultad los actores encuentren aire para entonar sus cantos, y pongan cara de estar sintiendo de verdad esos sufrimientos tan elaborados por el compositor y el libretista.

Todo género impone sus condiciones. Entonces jugamos a que la vida es así, a que en medio del cañoneo los insurrectos consiguen formar el coro, y en medio de la agonía las madres se animan a cantar sus penas.

Pero aceptadas esas convenciones, pocas veces nos será dado asistir a una representación tan emotiva como la que Anne Hathaway nos ofrece con su canto. Podemos olvidar el pathos del Romanticismo, podemos ignorar el clima mental que engendró hace siglo y medio esta novela que nadie olvida, podemos hasta ignorar la fama del musical que hace tantos años se representa en Broadway cada noche, pero no olvidaremos esa emotiva interpretación de I dreamed a dream, donde una de las primeras actrices de la época muestra, sin duda, una sensibilidad y un talento excepcionales.

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