Por: Jorge Iván Cuervo R.

El sueño revolucionario y la terminación del conflicto

La muerte de Fidel Castro termina con un período en la historia de América Latina caracterizado por la reivindicación de la lucha armada contra gobiernos autoritarios en el contexto de sociedades injustas y democracias restringidas.

Ese ciclo revolucionario que empieza en 1959 con la revolución cubana y que obtuvo triunfos en Nicaragua – y ya sabemos cómo terminó el sandinismo- y de alguna manera en El Salvador; en el caso de Colombia se ha extendido de manera innecesaria, pues solo hasta ahora le estamos dando fin, al menos en lo que tiene que ver con las Farc, en medio de una fractura social que no es otra que las secuelas de esa misma guerra inútil.

Los sueños revolucionarios generalmente devienen en gobiernos autoritarios para imponer el nuevo orden, y la revolución castrista no pudo sustraerse de esa dinámica, y si bien logró consolidar un modelo de Estado social con indicadores de cobertura en educación y salud que envidiaría cualquier país desarrollado, terminó en un sistema político autoritario que no permitió la disidencia ni dejó que floreciera la democracia, un exceso burgués innecesario, dirán los ortodoxos.

El sistema de vigilancia social que ocupa la vida cotidiana de los ciudadanos en Cuba, la carencia de una serie de bienes y servicios básicos y las restricciones a la las libertades políticas, incluyendo la libertad de expresión, es un costo muy alto para el pueblo cubano que con una dignidad envidiable ha sobrellevado el bloqueo, la segregación social en su propia tierra – son miles las historias de cubanos que no pueden ingresar a sitios donde lo puede hacer el turista- y la perpetuación de un régimen que inexorablemente a pesar de su origen justo devino en un régimen autoritario.

El sueño cubano dio impulso en Colombia a aquellos campesinos que desde 1955 –año en que se registra la primera conferencia guerrillera, 130 hombres disidentes de las guerrillas liberales y de la autodefensa campesina, al mando de Pedro Antonio Marín- decidieron levantarse en armas contra el Estado, en ese entonces contra la dictadura de Rojas Pinilla, conflicto que fue creciendo y extendiéndose, y su salida negociada aplazada por las élites políticas hasta convertirse en una suerte de normalidad histórica, una guerra ajena a los grandes centros urbanos, una de las razones que sin duda explican que 6.431.376 colombianos se hubieran opuesto al Acuerdo entre el gobierno de Santos y las Farc, y que aún hoy muchos se oponen a la salida política que ha ideado el gobierno a las volandas para no perder ese importante esfuerzo de negociación y no quedar atrapadas en las paradojas contra mayoritarias de la democracia.

El pasado lunes 28 de noviembre, invitado por la periodista Diana Calderón al programa Hora 20 de Caracol radio, tuve la oportunidad de preguntar a Pablo Catatumbo qué quedaba del sueño cubano en la ideario de las Farc y, más allá de las consignas ideológicas típicas, Catatumbo reconoció con pragmatismo y cierto enojo que ellos hubieran querido obtener una victoria para imponer un modelo económico distinto, pero que como no habían ganado la guerra, ahora les tocaba plantear sus ideas en los estrechos márgenes de lo que esta democracia lo permite.

El sueño revolucionario se extendió de manera innecesaria en Colombia, y se degradó en sus formas –narcotráfico, secuestro, afectación a la población civil- de tal forma que dejó muy pronto de ser una utopía con gran respaldo social y con muchas secuelas negativas para la democracia y el Estado de Derecho, y con un acumulado de víctimas y de ausencia de justicia que amenaza una verdadera reconciliación luego del Acuerdo.

Hoy, paradójicamente, la utopía es la terminación del conflicto por la vía de la negociación.

@cuervoji

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