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Héctor Abad Faciolince 17 Nov 2012 - 11:00 pm

El suicidio como arma política

Héctor Abad Faciolince

A los gobiernos y a los bancos no los conmueven ni preocupan las marchas de protesta. Lo vi esta semana en Madrid durante la huelga general del 14 de noviembre.

Por: Héctor Abad Faciolince
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La policía ya sabe cómo manejar esos actos para minimizar el daño: lo que hace algún tiempo terminaba en muertos, en desmanes y saqueos, ahora no son más que, afortunadamente, lánguidas marchas disciplinadas o escaramuzas de vándalos. Desempleados, amas de casa, jóvenes indignados con los recortes hacen una manifestación pacífica de eslóganes sensatos: defensa de la salud y de la educación pública, no a los recortes, no a la subida del IVA, cosas así. Pero esos gritos se los lleva el viento.

Al final de la marcha, como siempre, aparecen los bárbaros. Se ponen la capucha, sacan de sus mochilas sus rocas y sus petardos, abren las latas de pintura roja, y se dedican a una hora de vandalismo, con la policía detrás dando bolillo y tirando gases lacrimógenos. Lo que los anárquicos hacen en dos horas de desmanes (quemar canecas de basura, llenar los muros de grafitis, vaciar pintura roja en las fachadas de los edificios emblemáticos) lo resuelven al amanecer obreros madrugadores obligados a pagar horas extras: los vi antes de salir el sol, recogiendo los vidrios, llevándose las canecas chamuscadas, barriendo, reponiendo los cristales rotos, limpiando con esponja y jabón los grafitis de la noche. Incluso los obreros que estuvieron en huelga, al día siguiente, eliminan con trabajo extenuante el rastro de lo que los revoltosos destrozaron. Del ruido queda poco, salvo los titulares de los periódicos.

Curiosamente lo que no consiguieron en absoluto estas marchas, lo consiguieron unos pocos actos simbólicos y valientes: el gesto de quienes se quitaron la vida saltando de los balcones o las ventanas de las casas de donde estaban siendo desalojados, en un último acto de dignidad. Los banqueros y sus aliados del Gobierno se pellizcaron ante los suicidios, como no lo han hecho jamás ante las marchas: por los suicidas convocaron las Cortes para aprobar un cambio en la ley de hipotecas y desahucios; por los suicidas los jueces resolvieron no seguir dándoles siempre la razón a los bancos; por los suicidas, hubo agentes de policía que se negaron a desalojar a las familias desahuciadas en pleno invierno.

Esta es la forma de lucha del suicida: “Si tú, que tienes la sartén por el mango, ejerces tu poder sobre mí de un modo tan despiadado que me humillas hasta un extremo intolerable, entonces yo, que no puedo ni quiero ser violento contra ti, me defiendo de la última forma digna que me queda: matándome”. Han bastado tres ciudadanos dignos que —vilipendiados por los bancos y desalojados de sus casas por una absurda ley de hipotecas en la que la deuda no termina ni entregando la casa— han optado no por salir a poner bombas en las esquinas o a gritar proclamas contra el capitalismo sin hígados o contra los políticos sin escrúpulos, sino que han hecho una protesta mucho más eficaz y efectiva, que finalmente ha conmovido a la sociedad: cuando llega la policía a desalojarlos, se tiran por la ventana. Y estos suicidios han conseguido todo lo que no han logrado manifiestos, proclamas, pedreas y marchas: que se suspendan las medidas legales para el desalojo y la humillación ante los dueños de hipotecas. “Si me asfixias con tus intereses, si vas a seguir cobrándome incluso cuando te entrego mi casa, yo mismo me ahogo poniéndome una soga al cuello, y si quieres mándame la cuenta al más allá, al cielo o al infierno”.

En el mundo de hoy las formas de lucha por la justicia no son las del siglo XIX. Es mucho más eficaz un acto simbólico de violencia contra sí mismo, que un acto de violencia contra los demás. Tampoco sirven las proclamas sociales mamertas y decimonónicas contra el capital. La frase que funciona es mucho más sencilla: “No vas a tener casa en la puta vida”. Porque eso es lo grave; y lo serio es matarse por dignidad; lo otro es pura retórica barata.

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