Por: Juan Carlos Botero

El terror al baile

Nadie que baila se puede imaginar el terror que siente quien no sabe bailar. Cada vez que veo una pista revivo un pánico primordial que nace de un hecho evidente, y es que no tengo ni idea de bailar. Para colmos, mi esposa es costeña, para más señas, barranquillera, y hace verdaderas proezas en la pista. De modo que si para ella bailar es un placer, para mí es una tortura, y por eso siempre invento excusas para hacerle el quite al asunto (me duele la espalda, la cabeza, el alma), con tal de no salir a la pista y morirme, otra vez, de la vergüenza.

Mi peor oso en la pista lo viví hace años con una mujer llamada Estela. Le cambio el nombre para esta crónica, porque la pobre ya sufrió demasiado por mi culpa y no quiero afectarla de nuevo por escrito. Además, ella es una mujer hermosa y brillante, y se merece de todo menos la ignominia de ser recordada en este penoso incidente.

Ocurrió durante una cena en Bogotá. A pesar de la presencia de una pista creí que no habría baile. Pero de pronto sonó la música, y era una canción de Carlos Vives, y me sentí agonizar porque el marido de Estela (digamos Arturo), uno de los mejores bailarines del país, sacó a mi esposa a la pista y entre ambos hicieron un espectáculo de salón. La presión de sacar a Estela era enorme, pero ella es tan experta como su marido y además me saca como dos cabezas de altura, así que me hice el bobo hasta donde pude. En ésas Estela me invitó a la pista, y aunque traté no se me ocurrió nada para escapar con vida. Y ahí mismo empezó la desgracia.

Apenas la tomé en mis manos ella captó que yo no sabía bailar. Desesperado, intenté ponerle tema para disimular, y así rompí la primera regla del baile, como me lo recuerda mi esposa cada vez que puede, y es que uno no habla bailando. Hasta ahí las cosas iban mal, porque éramos las únicas dos parejas en la pista, rodeados de un centenar de personas sentadas en mesas alrededor que me miraban atónitas. Pero luego la cosas empeoraron, porque de pronto Estela me dio un giro, pasando su brazo por encima de mi cabeza, y como un idiota creí que yo tenía que hacer lo mismo. Entonces inicié el giro, pero cuando fui a pasar mi brazo por encima de su cabeza, advertí con pánico que no iba a alcanzar. Era demasiado alta. De modo que pegué un brinquito de conejo, el gesto más ridículo de mi vida, pero ni aun así alcancé y le di un golpe que le deshizo el peinado. Yo sentí que me iba a morir, y rezaba que se acabara la música. Como Estela es una dama, ella actuaba como si todo fuera normal, y siguió bailando con su cabello sobre su rostro. Yo sólo quería pedirle perdón de rodillas y gritar: ¡Yo no sé bailar! Pero aun así me tocó intentar otro giro, y de nuevo traté de sortear la cima de su peinado, más alto que Everest, y pegué otro brinco, pedaleando en el aire, y la volví a golpear. Esta vez le tumbé todo el moño. Carajo, me dije. Si sigo golpeando a esta pobre mujer la voy a matar. De pronto se acabó la música, y yo quedé jadeando y empapado en sudor.

Con elegancia Estela me dio las gracias por el baile, y yo nunca olvidaré ese acto de grandeza. Pero tampoco olvidaré mi oso histórico. Y por eso, cada vez que mi esposa me invita a bailar, yo revivo esa noche atroz. Curiosamente, desde entonces tengo un dolor de espalda que no me permite tocar la pista.

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