Por: Andrés Hoyos

El testimonio de 'La Chiva' Cortés

Durante más de una década Colombia ostentó el macabro título de campeona mundial del secuestro.

Todas las guerras son sucias, en particular las que enfrentan a ejércitos no claramente definidos, pero puede decirse que cada una tiene su personalidad y que la nuestra está ligada en forma indisoluble al secuestro. El intento de raptar al padre del Álvaro Uribe y su posterior asesinato crearon para las Farc el enemigo más formidable que han tenido, mientras que un episodio semejante empujó a los hermanos Castaño por las sendas salvajes del paramilitarismo.

Aunque otros grupos ilegales les ganaron a las Farc en masacres y en homicidios fuera de combate, éstas fueron de lejos las campeonas del secuestro. Según el concluyente estudio presentado hace poco por Cifras y Conceptos, ellos cometieron directa o indirectamente más 15.000 en cuarenta años. Y nada de que los obligaron: recién fundado el grupo guerrillero en 1965, el propio Tirofijo participó en persona en el secuestro y posterior asesinato del industrial azucarero Harold Eder.

A Guillermo La Chiva Cortés le tocó en suerte ser uno de los 15.000. Hombre temperamental y de gran corazón, La Chiva no esperaba que el domingo 23 de enero de 2000, a los 74 años, iba a empezar la peor ordalía de su vida. Las Farc no lo “levantaron”, según se dice en la tétrica jerga del negocio, sino que compraron su plagio como quien compra un bulto de remolachas. Siguieron 205 días en los que Cortés tuvo a la muerte respirándole en la nuca, hasta que el Ejército lo rescató. El síndrome de Estocolmo no era lo suyo: La Chiva abominó a sus secuestradores hasta el día de su muerte. Por lo mismo, sus afugias y tribulaciones no cesaron con la libertad. Dado que su caso terminó en un rescate y dada su personalidad nunca sumisa que lo llevaba a protestar —su única libertad era increpar de tarde en tarde a sus captores—, las Farc le hicieron saber que según su despiadada lógica había quedado en “deuda” con ellos. Y así La Chiva llevó el miedo vivo y el odio palpitándole por dentro hasta el pasado 26 abril, el día de su muerte. Ésa fue la afrenta final de los secuestradores: que ni siquiera lo dejaron morir en paz.

Nunca ha sido más importante que hoy revivir por medio de un relato intenso la experiencia de las víctimas. Por eso El Malpensante (revista que yo fundé y que ahora dirige Mario Jursich) acaba de dedicar un número completo al testimonio estremecedor de La Chiva, según el largo relato que él hizo de su cautiverio a Alexandra Samper a poco de rescatado pero cuya publicación no autorizó en vida por temor a las represalias.

Un relato como este visibiliza el sufrimiento a través del testimonio de una víctima notable, lo que sin duda contribuye a restar protagonismo a los victimarios. Para lo que no tiene por qué servir es para atacar el proceso de paz que se adelanta en La Habana. Sí, los comandantes que están al otro lado de la mesa eran los que les daban las órdenes a los secuestradores que torturaron a La Chiva y a otros 15.000 como él y eran los mismos que ordenaban asesinar a cualquier rehén antes que permitir su rescate. La paz no garantiza, desde luego, que se vuelvan buenas personas o que vayan a aprender a decir la verdad después de mentir durante décadas. Lo que sí tendría que garantizar es que no vuelvan a secuestrar, es decir, que abandonen en forma definitiva esta industria del odio. Por algo empieza el fin de una guerra.

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