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Juan Gabriel Vásquez 22 Nov 2012 - 11:00 pm

El tiempo de los hablamierda

Juan Gabriel Vásquez

El filósofo moral Harry G. Frankfurt, autor de On Bullshit, cree que el mundo está dominado, hoy más que nunca, por los que se dedican a hablar mierda.

Por: Juan Gabriel Vásquez
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 “Todos lo saben”, escribe. “Cada uno de nosotros aporta su ración. Pero tendemos a aceptar la situación sin cuestionarla. La mayoría de la gente tiene confianza en su capacidad para reconocer cuando se está hablando mierda y para evitar ser engañada. Así que el fenómeno no ha provocado demasiadas reflexiones cuidadosas ni atraído indagaciones sostenidas”. Una reflexión es inevitable: los hablamierda —los que hablan mucho sin decir nada, los que llenan el mundo de frases vacías y de retórica barata, los comentaristas que todo lo comentan, aun lo que no saben— están en todas partes. No podemos huir de ellos. ¿O sí?

Las novelas a las que vuelvo con más frecuencia son las que sirven como antídoto contra ese veneno de la coprolalia omnipresente; las que miran la vida con atención y cuidado; las que son fieles a las verdades humanas y las cuidan aunque sean duras y oscuras y dolorosas. Éstas son las ficciones que me interesan, o, mejor dicho, las que persigo: son las que producen eso que Kundera llama la única moral de la novela, el conocimiento, pero también causan el efecto que Javier Marías llama reconocimiento (“yo sabía esto, pero no sabía que lo sabía”). Las ficciones que persigo son las que recuperan para nosotros, por lo menos durante el tiempo de nuestra inmersión en ellas, el valor de esa desgastada moneda: el lenguaje. Las ficciones que persigo son las que dan al lector un espacio libre de ruido y de distracciones, libre de propaganda y proselitismos, donde el lector pueda ser leído, donde pueda interrogar y ser interrogado, donde pueda “perderse en la mente de otras personas”, según la feliz expresión de Charles Lamb. Las ficciones que persigo son aquellas donde el lector se pueda rebelar contra la rapidez impuesta y suicida de nuestras vidas. Porque eso hacen los libros: nos obligan a bajar el cambio y quitar el pie del acelerador; nos obligan a mirar lo mismo durante tiempos que al mundo fuera del libro le parecerían eternos, y también y sobre todo a pensar en lo mismo durante un tiempo sostenido, pero pensar con ese tipo de pensamiento particular que sólo encontramos en la novela, ese pensamiento que no es sólo filosófico ni sólo narrativo ni sólo psicológico ni sólo histórico ni sólo moral sino todo a la vez, ese pensamiento intenso y a la vez ambiguo, como la mirada de un loco.

Ficciones donde uno pueda escapar a la ansiedad de la información superflua (la obligación de no perderse nada, de estar todo el tiempo al día) o a esa otra ansiedad, la de estar presente todo el tiempo (con un tweet, con un email, con el anuncio de mi estado de ánimo). Escapar a esas ansiedades, digo, o cambiarlas por espacio de unas horas o unas páginas por el silencio que la ficción puede ofrecer, esa convivencia con un lugar donde todo es permanente y pertinente, donde el lector puede “perderse en la mente de otras personas”, pero donde en realidad se encuentra y se identifica, en el sentido de construir o descubrir su identidad. Éstas son las novelas, se me ocurre a veces, que habremos de escribir y que responden a los retos de nuestro tiempo distraído y disperso: al tiempo de los hablamierda.

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